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EL CONVITE Hay pocos matrimonios tan expresivos como el matrimonio Mantecón. Ella, la esposa, se deshace en cumplidos siempre que la visitan, él, el esposo, tiene la costumbre de convidar á comer á todo y el mundo. ¿Qaiere usted acompañarnos, á la mesa? Vaya, quédese usted. Nada de ceremonias, -No, muchas gracias- -suele contestar el invitado. -Con franqueza. Mire usted que no se lo decimos por cumplimiento. Yo no sé de nadie que haya comido todavía en casa de Mantecón, pero habrá muy pocas personas que no hayan sido invitadas en diferentes ocasiones. Mantecón es persona de muchas campanillas, á juzgar por lo que él mismo dice: se trata con lo mejor de Madrid, desde Cánovas hasta Jimeno, el bajo de zarzuela; va á Pozuelo todos los veranos, tiene posesiones en Andalucía, y sólo en agua de Colonia gasta catorce mil reales, un año con otro. Esto se lo hemos oído decir muchas veces en el café, -Sí, señor; en mi casa tengo un gasto horrible, porque todos nos lavamos con agua de Colonia de la más cara. Ustedes no saben el dinero que se necesita para vivir en Madrid con cierto lujo. ¿El vino? El vino me cuesta un dineral. Pues ¿y las trufas? ¡Las trufas me salen por un ojo de la caral