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CONSUEGRA. EL RÍO AMARGUILLO, DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE. (De foíogi- afia. JUAN EL ARRIERO (EPISODIO DE LA INUNDACIÓN) Riá, riá! -gtitó Juan, chascando la tralla. Las muías, que eran siete, y grandes como castillos, no se dieron gran cosa por aludidas. Cachazudas j despaciosas, puestas siempre en rosario, tirando de aquel carretón que retemblaba al duro compás de su rodar pesado, estaban ya cansadas del incesante tráfico con que Juan se ganaba la vida y mantenía á su madre. En aquel paisaje sin accidentes, sin árboles, sin montañas, el suelo apenas quebrado, á uno y otro lado de la polvorienta carretera los sembrados formando recuadros; allá en el fondo los molinos de viento, aquellos mismísimos y clásicos molinos que se le antojaron gigantes á D. Quijote; en lo altóla bóveda azul, más azul y más hermosa porque en ella campea el sol con fiereza africana, destacaba como un vivo emblema del trabajo honrado que ennoblece á la Mancha la obscura silueta del carro con sus siete muías y la de aquel mocetón, que delataba el origen arábigo de su raza en su rostro moreno, en el pañuelo que llevaba añudado á la cabeza bajo el ancho sombrero y en la faja que ceñía su talle. ¡Qué feliz aquel Juan, alejado de la fiebre que consume á los hombres en la azarosa vida de los grandes centros de la cultura! Sin embargo, Juan no era feliz. ¡También en la aldea hay pasiones! También allí batalla el corazón! Quizá por esto, cuando Juan terminaba su faena del día, regresaba á Consuegra, ya al caer de la tarde, iba cantando con voz apagada: El arroyo ¡uié ser río. El cerro quté ser montaña, Tú ¡uiéa casarte con otro Y yo Ruliirme á la parra.