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E L R E S T A U R A D O R D E L A H U M A N I D A D POR ROJAS. Dios libre á ustedes y á mí también de vernos en el caso de que nos operen, por si acaso. Pero, dado el adelanto de la ciencia operatoria, no hay cuidado. Todos los días sabemos de operaciones inverosímiles. íío liay dificultades para el bisturí y el serruclio. He oído referir maravillas en el corte y preparación de prendas humanas. Años atrás, el infeliz que se sentía en putrefacción una pierna, apenas encontraba en nuestro país quien se la amputase, si no se prestaba algún vecino. Conocí á un pobre hombre que había sufrido un balazo en una pierna funcionando como miliciano nacional. Un día de ejercicio de fuego, se descuidó un compaííero y le cazó. El ciudadano iba por la posta como décíau entonces, hacía la tumba. Los médicos declararon que era indispensable la amputación de aquella parte de su autonomía. Pero la familia del dueño de la pierna, como interesada en todos los bienes muebles é inmuebles de la casa, se oponía á la pérdida de un miembro. Y el paciente, como era natural, más que los parientes de la pierna. Sin embargo, tales reflexiones les hizo un curandero de la vecindad, empleado en la nave de ce! l. i3 del Matadero de Madrid, que el hombre fc dejó seducir. -Esto es ni visto ni oído- -decía el curandero, -coser y cortar. ¿Y qué necesidad tiene usted de pagar á un médico de esos una cantidad exorbitante, cuando puede salir del paso con una fri lera?