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331 BLANCO Y NEGRO Se entabla un diálogo entre ese caballero y un chulo de las Vistillas- -acabado de pescar, -y hay público que resista ese diálogo, y en ocasiones hasta público que lo aplauda. Otras veces, y por virtud del simbolismo, se encuentran frente á frente en escena la matrona romana, y el gomoso de frac. Ó bien el guerrero de la época de Carlos V y la costurerilla de la calle del Carmen, que va á entregar á. las wieve. En eso del simbolismo se han cometido verdaderos horrores. En muchísimas ocasiones, cuando el autor no ha hecho decir á sus personificaciones en la primera salida (ó después) Yo soy tal cosa se ha quedado el público sin saber á quien tenia el gusto de escuchar. Yo debo gratitud á algunos autores que, previsores, bondadosos y amigos de la claridad, han colocado un cartón en el pecho de cada uno de sus símbolos, y allí (en el cartón) con letras gordas el nombre de la cosa. Los cómicos sallan vestidos disparatadamente; pero el espectador que sabia leer (que los hay) se enteraba de que aquella era L A VIRTUD, aquel E L VICIO, el otro E L PALACIO REAL, y así sucesivamente, hasta apurar todos los grados de la tontería digo del simbolismo. Después de todo, el género simbólico, ó debe ser rechazado en absoluto, ó hay que admitir el anacronismo como base principalísima y acaso única del género. Yo opino que ao es admisible. En ese genero se ha llegado hasta el punto de no poder estrenar una obra porque nadie la entendía. Se pidieron explicaciones al autor, y éstas fueron más obscuras que la obra misma. ¿Qué habría ocurrido si aquella obra se hubiera representado? ¡Quién sabe! Es posible que hubiera gustado. Los anacronismos verdaderamente censurables son los que se encuentran á porrillo en nuichas obras que son, ó quieren ser, de forma y hasta de trascendencia. En el teatro de Novedades he presenciado el estreno de un drama de alto vuelo, de propaganda democrática, extraída de hechos históricos de enseñanza saludable y de grandísima resonancia. No quiero citar el título de ese drama; pero sí diré que su acción se desarrolla en la época de las Germamas Valencianas, y que termina la obra, después de triunfar la virtud, como es de rigor, con los acordes de la Marsellesa Aquel público aplaudió frenéticamente. Vaya usted á meter en la cabeza de. aquel público que lo que aplaudía era un anacronismo, una barbaridad... En otro drama histórico, al cual servía de tema el descubrimiento del Nuevo Mundo, antes de ser descubierto, decía Colón á sus compañeros en el momento de embarcarse: -Ahora, compañeros, á América sin vacilar. Y también aplaudió el público sin vacilar un punto. No vive el anacronismo solamente en el teatro. E n la vida social, en la esfera de la política, se desarrolla como en su propio abonado terreno. Cuando ocurrió el incendio del monasterio del Escorial, hace unos cuantos años, un diputado de la oposición increpó fuertemente al Gobierno por el punible abandono en que tenia aquella maravilla del arte arquitectónico. Pero he aquí que se levanta un ministro y dice en plena Cámara: No es nuestra la culpa de lo que ocurrre; la culpa es de Felipe I I que, al construir el monasterio, no mandó poner unos cuantos PARAKRAYOS. ¿Pararrayos en tiempo de Felipe II? ¿Para cuándo son los rayos? exclamó el diputado de oposición, trémulo de ira. Hay un público numeroso siempre dispuesto á tragarse el anacronismo, por gordo que sea. En una reunión de literatas españolas, donde ninguna sabía francés, se tragaron la siguiente cuarteta ó cosa así: El Conde de Montesquieu Le dijo á Mirabeau: -Querido Barón, adíen, Me voy á Fontainebleau. Hay que advertir que leyeron eso conforme suena en castellano. FRANCISCO P L O R E S G A R C Í A