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328 BLANCO y NEGRO á que pertenecen. Se ve que no hay en él solidaridad, ni compañerismo, ni protección, ni caridad siquiera; el más alto desdeña al de mediana altura, y éste aguanta despreciativamente la vecindad del que es más bajo que él, y así, un país de tejados resulta un país de abismos, en el cual se sitúan cientos de chimeneas, exclamando cada una de ellas entre bocanada y bocanada de humo, para dar envidia á su más próxima: ¡Aquí sí que se está bien! Francamente, estas observaciones me habían puesto de muy mal humor, y distinguiendo en el horizonte la presencia de un inmenso nuba rrón tepipestuoso que se echaba encima á todo andar, exclamé: -i Ah, señores tejados y señoras chimeneas, si Dios hiciese que trajera piedra, os ibais á divertir! Y en esto una voz de mujer, como venida del cielo, exclamó: ¡No he podido esperar más! Alcé sorprendido la cabeza y noté que como á dos metros de altura, y en línea precisamente sobre mí, cruzaban el espacio sesenta ó setenta hilillos de teléfono, más dos gruesos cables que semejaban su papá y su mamá. Por uno de aquellos hilos caminaba sin duda la voz de mujer que yo acababa de oir, y que continuó diciendo: -Sí, no he podido esperar más. Tu carta no tiene explicación. Tu conducta es innoble. Te desprecio, y te lo digo por teléfono para que se enteren, si quieren, las señoritas de la Central. Desearía que Imbiese ahora un cruce con todos los teléfonos de Madrid, para que medio mundo me oyese llamarte á gritos: ¡canalla! ¡canallaI- -Mándeme usted dos kilos de merluza, si la tiene fresca- -oí en esto decir á otro hilo. ¡Caramba! -exclamé- -los hilos hablan á voces; buenas cosas voy á oir. -En este momento, amigo mío, puedo ofrecerle un nuevo servidor- -dijo una voz ronca por la emoción. ¡Central! -gritó otra vocecilla desde otro alambre. -Con toda felicidad. Un chico robusto y... ¡Central! -Mamá acaba de salir de casa- -murmuró una vocecita dulce- -y podemos echar un párrafo. ¿Por qué no fuiste anoche al teatro? Nunca has de hacer lo que yo quiera. Estás abusando de mi cariño, y me tienes muy incomodada; yo que no soy dichosa sino viéndote