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UN B U E N HALLAZGO, POR ROJAS. DE TEJAS ARRIBA L calor fué insoportable durante todo el ídía. Próximo ya el anochecer, subí á la azotea de mi casa con la esperanza de eneontí en aquellas alturas una ráfaga de aire para los fatigados pulmones. El extraño panorama de irregulares tejados que abarcaba mi vista, distrajo mi atención é hízome olvidar las angustias del bochorno. Imagínense los lectores un país montañoso, no verde, sino encarnado, abundantísimo en ángulos y planos inclinados, por el que se pasearan ya vm señor tan respetable como la chimenea antigua de un solo cañón y ancha base, ya una familia de cilindros metálicos con los sombreros puntiagudos horadados artística y simétricamente para dar escape al humo de los pensamientos. Las diferentes montañas que constituyen una sierra ó una cordillera, enlázanse por suaves curvas ú ondulaciones graduales. Los tejados, representantes del más absoluto individualismo en las alturas, no tienen más lazo de unión que la común altitud; pero entre dos tejados de desigual nivel, el de más arriba nada tiene que ver con el de más abajo. Ninguna lí nea les une, ninguna curva les relaciona; parece que el de arriba dice: Hasta aquí llegué yo y el de más abajo contesta; Y yo hasta aquí y añade el primero: ¡Pues fastidiarse! Por eso una gran masa de tejados como la que yo veía, hace formar tristísimo juicio del pueblo