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A. A, La caridad ÍESDB que se oyeron los desgarradores lamentos de las víctimas del agua, no se habla de otra cosa que de ellas, ni se trata de otra cuestión que el procurar por Consuegra y Almería. La caridad española es tan inagotable, que bien puede asegurarse que, dejando á un lado como imposible el recuperar el botín de la muerte, los TÍVOS han salido ganando con aceptar por fuerza el interesante papel de víctimas. Los españoles todos lian acudido al llamamiento de la caridad, algunos de ellos echando por los suelos la seriedad de acto tan grave, y aprovechando muchos la ocasión de trabajar el reclamo á favor de su casa, sus productos, ó sus inadvertidas é inadvertibles personalidades. El sistema de ejercer lá caridad que enseña la doctrina parece que no le ha aprendido nadie, y lejos de no saber la mano derecha lo que la izquierda hace, se la educa para escribir proclamas y bombos que disminuyen, ya que no pueden borrar los efectos saludables de la limosna, el augusto carácter que debe tener para ser útil á los hombres y lazo de unión de e stos con Dios. hubieran transmitido nueva vida los monigotes de Pons. Los hay verdaderamente primorosos, y con muchos de ellos se ha revelado nuestro caricaturista como un correcto dibujante y pensador, que lo mismo retrata de manera magistral á Pérez Galdós ó Blasco, por ejemplo, que simboliza las Tentativas dramáticas Ae V alera, la Gloria, verdaderamente tal, del autor de los Episodios, ó la que dejó difundida por los aires el nombre de Amador de los Eios. De todos modos, el libro tiene una venta colosal, y ella es el mejor termómetro del valor en conjunto de una obra. La feria EOUERDO de los tiempos del Curioso Parlante, aquellos en que estaban en boga las botillerías y el cafe de Pombo, la misa en el Buen Suceso y los miriñaques, la feria de Madrid vive de sus glorias, y sólo por ellas, como algunos hombres famosos y algunas mujeres hermosas. Desde que el comercio ha tomado el incremento que hoy tiene y el lujo- fascinador que le caracteriza, la celebración de la feria no tiene razón de ser en Madrid, donde todo el año es una feria continuada. Los chiquillos, acostumbrados á los juguetes alemanes, desprecian los que á diario miran colgados bajo los soportales de la Plaza Mayor; las muchachas casaderas encuentran el paseo de la feria como poco moderno, y hasta los rancios bibliófilos ven con disgusto que, en sus montones de libros desvencijados y sucios, no hallan ya los tesoros que hubo en un tiempo, y con los que se han enriquecido multitud de bibliotecas particulares. La feria pasa casi desapercibida para la inmensa mayoría de los madrileños, de algún tiempo á esta parte, á pesar de los esfuerzos que en no lejana e poca se hicieron para revestirla con gran esplendor, trasladándola al risueño mes de las flores. Ha perdido el poco carácter que tenía, y va lüilriendo por consunción y de envidia, al contemplar las de Córdoba, Valeiieia y Sevilla, ni mas ni menos qtie las muchachas feas se consumen al ver cortejadas y atendidas á sus hermanas bonitas Solos de Clarín A verdades que unos solos de clarín, aunque este n perfectamente ejecutados, resultan siempre estridentes, agrios, estentóreos. Esto acontece coii los del celebrado crítico de aquel pseudónimo. Pero si á los toques guerreros del clarín y sus floreos metálicos ameniza un acompañamiento halagador, armonioso, agradable, es deuir, si dejan de ser solos, hasta podrán ser escuchados con satisfacción y aplaudidos con gusto. Esto sucede con la cuarta edición del libro bautizado como estos renglones, y primorosamente ilustrado por Ángel Pons. Las críticas de Alas adolecen del defecto menos tolerable en tal género de trabajos: el del apasionamiento, corúo se comprende sólo repasar una sola, cualquiera, la relativa á Tamayo, que contiene el tomo. Todo e stc además resultaría antiguo si no le