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La cocina era amplia y señorial, con el aspecto alegre que aun conservan las de su clase en las casas sola riegas de la montaña. Anchos escaños de pulido nogal alineábanse á lo largo de las paredes, ofreciendo sus cómodos regazos para las interminables veladas del invierno, cuando la ventanera silba en las hondas cañadas y el agua y el gra. nizo tocan furioso redoble en los vidrios empañados por el frío. Frente á la campana de la chimenea, cuya boca enorme podía recoger los humos de media docena de encinas en combustión, unos cuantos varales empotrados de pared á pared mostraban, con alguno que otro jamón, interminables sartas de longaniza y morcilla curándose al humo, formando extraños festones de aperitivos capaces de despertar las energías dormidas del más dispéptico de los estómagos. La batería de cobre, reluciente y colocada con cierto artístico desorden, resaltando en el verde délos laureles interpolados entre ella, lanzaba chispazos y centellitas de luz, según recibía la del día ó los reflejos de la llama retorcie ndose en el Z ars con una crepitación continua cuando el combustible lo constituían quimas ó sarmientos, y sordas detonaciones si lo carbonizado era un roble. ¡Y que no estaba alegre el Sr. Eivamontán, más conocido por el Indiano del Tojar! ¡Tres convidados, y del cogoUito de la villa! El cura párroco; Nóvales, Burro de Oro, según le llamaban, y lo más importante, la hija de éste, una montañesa fresca y apetitosa como un fresón maduro. Porque Eivamontán, á más de rico, era soltero, y aunque ya no le daban los cuarenta, presentábase vigoroso como ün castaño bravo, y un corazón virgen y rebosante de ilusiones, atrofiadas durante muchos años tras un fementido mostrador de cierta tienda mixta de Cienfuegos, La casa, tranquila y silenciosa de ordinario, tenía aquel día un movimiento inusitado. El ama de llaves, una viejecita sana como una pera de Don Guindo, inquieta y hormigueante, reñía á cada momento con las criadas, probaba los guisos, cataba el arroz con leche violando levemente la espesa capa de canela, al mismo tiempo que iba colocando sobre una mesita de servicio pirámides de platos y fuentes. ¡Márchese de aquí! ¡Rayo de lumbre! ¡Criaturuca! ¡La cocina se ha hecho para las mujeres! -decía cada vez que el Indiano, impaciente, metíase por allí, dando vueltas como un palomino atontado. ¡Bien! ¡Bien! ¡Ahoritica! Voy á dar una vuelta por el huerto ¡Que no se olvide el vino de Bueda! ¡Hermosa fruta era aquella! ¡Cuatro lucidos melocotones, enormes, dorados, cubiertos de un vello suave y aterciopelado! El árbol descollaba en medio de la huerta entre coles, lombardas de hojas anchas y verdes lechugas de vientre repolludo, flanqueado todo por un hilo de agua que salía con un murmurio constante de una fuentecita medio escondida entre un montículo de trojes y madreselva. Durante la primavera habían nacido cuatro florecitas de un color rosa desmayado, é inmediatamente el Indiano hubo de rodear el árbol de mimos, constituyen, dose él mismo en centinela y verdugo despiadado para todo bicho que se acercara en cuatro metros á la redonda. Aproximábase el otoño. Los días amanecían serenos, azules, limpios, ca- ¡lentados por un sol que iba poco á poco madurando la fruta. Los melocoto- nes crecían, se ensanchaban, cada vez más orondos, magníficos cuando la luz los bañaba de pleno, dándoles un baño de oro soberbio.