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BLANCO y NEGRO 311 Al cabo despidiéronse los visitantes, tomaron el coche, respiró D. Casto con libertad, y al partir hacia Madrid le preguntó I) Antonio ¿Qué le ha i areoido á usted Aurora? -Es una persona de mérito- -contesto; -pero eso de tener siete fieras en la casa no meiparecemuy prudente. III. Cualquiera pensaria que el Sr. de Gato habría de renunciar anticipadamente á la niano de una mujer que adoraba los perros. Pues no señor. Quizá porque aquel amor canino le hiriera á él en su amor propio, quizá porque la ley de los contrastes ejerce poderoso y fatal influjo en las inclinaciones amorosas, D. Casto se sintió perdidamente enamorado de Aurora Deseada. A los pocos días volvió á Carabanchel pertrechado con una caja de dulces para obsequiar á la poetisa, y un bastón para obsequiar á los perros. Pero allí fué Troya, cuando se vio solo, sin D. Antonio que le sirviese de escudo, asaltado por los siete perros (pues los siete es fama que acudieron á recibirle) en mitad del jardín. Si no tira el bastón con, que los amenazaba y les entrega á su discreción la caja de dulces, y si no acuden á tiempo la criada y Aurora, lo matan. En aquella visita, D. Casto se atrevió á insinuarse y se le encandilaron los ojos, pero Aurora se mostró indiferente. Don Casto salió mortificado por la duda de que aquellos siete perros, que él miraba como los sieie pecados capitales, ocupaban por entero el corazón de Aurora. Pero tan singulares celos le infundieron una idea que le pareció magnífica: regalar un perro á. la poetisa. Con efecto, á las pocas tardes volvió con un galguito que le había costado un dineral. La entrada fué borrascosa. Si no es por la criada, el terranovo se come al galgo y á D. Casto; y en la escalera se vio acometido de tal suerte por cinco délos siete, que, soltando al galgo, bajó corriendo los escalones, y por último, rodó con los perros. basta el jardín. Aurora acudió solicita en socorro del caído; por si misma lo levantó (pues á pesar de su natur. al poético tenía una fuerza hercúlea) le echó en un sofá, le puso paños de árnica, lo vendó y le reconfortó con una cepita de aguardiente de Chinchón. Don Casto, al volver del susto, lleno de gratitud por aquellos cuidados y enardecido por el aguardiente, disparó á la poetisa su declaración solemne, que ¡oh dicha! fué correspondida. Pero entabladas las relaciones, no tardó en sobrevenir el conflicto. Don Casto quería casarse para vivir en Madrid con sus gatos. Aurora Desada no comprendía la vida sin sus perros; con palma habrían de enterrarla si la condición para entregar su mano era separarla de ellos. Aquella sí que fué tribulación para el Sr. de Gato. ¿Cómo era posible unir y hermanar aquellas dos razas enemigas por naturaleza? Y no se trataba de sus gatos: estaba dispuesto á sacrificarlos; se trataba de él. Porque, ¿cómo era posible que un Gato de los Palacios pudiera vivir rodeado de perros? Bajo el influjo de estas ideas, D, Casto enfermó, adquirió un padecimiento gástrico y el médico le envió á Vichv. IV, Pasado algún tiempo, me encontró en l.i calle á Corredor de las lííupcias. ¿Y D. Casto? -le pregunté. -Se ha casado con la poetisa- -me contestó. ¿Es posible? Usted se chancea, D. Antonio. Por toda respuesta me arrastró por un brazo hasta el escaparate de una librería próxima, y me señaló un libro nuevecito y flamante, en cuya portada leí: PERROS Y GATOS idilio naturalista por Z) Aii, rora Deseada de los Amores y Perrera de Gato de los Palacios. No quería dar crédito á mis ojos. Don Antonio, mirándome con aire de triunfador, me dijo: ¿Usted no ve que perros y gatos son un emblema del matrimonio? Don Casto había nacido para la poetisa de los perros; por eso los puse en relación. Miré al casamentero con tanto asombro como terror supersticioso, y sin despedirme me separé de él á buen paso. JOSÉ RAMÓN M É L I D A