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SIO BLANCO Y NEGEO ción (le la angt lica i rogftti- iz. Al tercer tramo le salieron dos perros más, uno ratonero, de abultados y sedosos bigotes, y otro de orejas largas y caídas, los dos ladrando, heobos dos basiliscos. Don Casto volvió pies para atrás, y á no ser por el faldero, que le cortó el paso, y por la criada, que le abrió camino, hubiera buido al Jardín. Pero el trance más apurado fué arriba, en la antesala y cuando ya se creía seguro, pues se presentaron consecutivamente otros dos ladradores á los ojos de D. Casto, gigantescos y fieros, á cuyos ladridos hicieron coro los tres de la escalera, rodeando á la víctima, contestó el del jardín, y se entonó otro perro que sin duda esperaba al atribulado Gato en la sala, para hacerle los honores; y en medio de aquella serenata y con aquel acompañamiento perruno, hizo D. Casto su entrada triunfal en la sala, ruborizado y muerto de pavor; mientras sonreía D. Antonio, i eia á carcajadas la doméstica, y la poetisa, levantándose de una butaca, le fusilaba con unos impertinentes. Por primera vez on- su vida el pacifico D. Casto comprendió el suicidio y sintió no tener un revólver á mano. A la voz de la poetisa se apaciguaron los canes. Don Casto respiró, hizo una reverencia, y apenas adelantó dos pasos se detuvo ante el séptimo ladrador, que era un bull- dog. Pero éste, por fortuna para D. Casto, fuéjdócil á las primeras amonestaciones de su ama. Don Antonio presentó á su amigo, haciendo el elogio consiguiente y propio del caso. La poetisa se deshizo en cumplidos. Don Casto pudo al fin tomar asiento, limpiarse el sudor, tra iquilizarse y examinar á Aurora Deseada. De primeras tuvo una nueva decepción: Aurora se puso unos quevedos; era miope. Pero en cambio la encontró alta, demasiado quizá, pues á él debía llevarle algo más que la cabeza. La encontró esbelta, con algo de sílfide ó de semidiosa, tal como se la había figurado; la cabellera corta y rizada, como un Apolo, el rostro gracioso y sonriente, las manos largas, finas y sumamente inquietas, el talle flexible y pequeño, los pies afilados, también pequeños y también inquietos; el metal de la voz vigorosamente argentino y el modo de hablar y de reir (que ambas cosas hacía á la vez) vivísimo, animado y bullicioso. Aquella mujer era una mezcla de torbellino y de castañuela. Don Casto, cohibido por su natural despacioso, al qiie ponía constante obstáculo la nerviosa poetisa con sus discursos, no pudo meter baza. Ella se lo habló todo, en voz muy alta, según tenía por costumbre, y coreada por el tiroteo de ladridos de sus acompañantes. Pintó su vida risueña y poética, en aquella casita, lejos del bullicio y del aire malsano de la corte, dedicada al arte. ¡Sublime ocupación del espíritu! Pintó las dulzuras de la naturaleza, representada allí por las flores, que ¡la embals. amaban el alma! (textual) y por aquellos perros, fieles guardianes de su persona. ¡Ah, los perros! Aquella fué la parte más elocuente, y para el Sr. de Gato más incomprensible, del discurso de Aurora Deseada. El perro era el emblema de la noble y fiel amistad, del cariño desinteresado y constante. Aquellos perros eran para ella más que amigos. Si le faltaran, si se le murieran, ella no podría sobrevivir á tamaña pérdida. Acabado el discurso, bajó Aurora con sus amigos y sus perros al jardín, donde estuvo tirando al blanco, para que D. Casto lo viera, demostrando un pulso y un tino verdaderamente admirables. Pero D. Casto, que jamás había oído tiros tan de cerca, experimentó tantas sacudidas nerviosas como disparos,