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AMOR CANINO I. ue parecen tener algo de commi con algunos animales. En este caso estaba cierto amigo m célibe que, á pesar de sxi aspecto juvenil y saludable, á pesar de su faz sonrosada y de su lucido estado de carnes proporcionado á su baja estatura, ó tal vez por el peso de esas circunstancias sobre su fe de bautismo, comenzaba á, merecer el calificativo de solterón. Llamábase mi amigo D. Casto Gato de los Palacios, nombre y apellidos nobiliarios, por los que puede inferirse que aquel hombre había venido al mundo predestinado á ser un modelo de circunspección y de templanza. Don Casto era todome todo y prudencia; Su frase favorita, ó séase, su muletilla, era: Me parece prudente, o ÍTo creo prudente. Era comedido en todo: en el hablar, en el comer, en el gozar de la vida. Hijo de Madrid, casero y comodón, pulcro y despacioso, á aquel hombre le cuadraba de tal modo su apellido, que materialmente se le podía leer en la cara, cuyos ojos eran de un azul verdoso completamente felino. A ivía en casa propia, disfrutando de wa. prudente fortuna, cuidado por una cocinera y dos criados, y acariciado y acompañado de continuo por una numerosa familia de gatos auténticos que él casi, ó sin casi, á falta de una legítima, consideraba como propia. No fumaba, no sabía montará caballo, no habia disparado un tiro jamás ni se le conocia historia amorosa. (Sin embargo, aspiraba á tenerla, aunque honesta y pacífica, pues no ocultaba á sus amigos su decidida vocación al matrimonio. Quería casarse, no quería morir soltero. Pero, ¿y la novia? Varios amigos habían propuesto á D. Casto excelentes partidos; pero él no había creído prudente pasar de la inspección ocular, y cuando más de la presentación ceremoniosa. Todas le parecían bien, pero ninguna habia conseguido prendarle. Quería una mujer espiritual, tierna, apacible como era él. (E n éstas estaba nuestro D. Casto cuando, cayó en sus manos un libro de versos que le encantaron hasta el punto de. que algunas composiciones se las aprendió de memoria. Semejante hechizo, ejercido sobre el tranquilo espíritu de D. Casto por aquel libro, no debió consistir solamente en la bondad y sentimentalismo de los versos, sino en que éstos estaban escritos por una mujer; mujer que, según dijo á D. Casto el amigo que le regalara el libro, era soltera, hermosa y ¡oh injusticia de los hombres y dicha del Sr. de Gato! no pretendida por entonces. De tal modo elogió y ensalzó á la poetisa el amigo, que también lo era de ella, que al solterón pareció prudente conocerla. II. Don Antonio Corredor de las Nupcias (que así se llamaba el amigo) fué á ver á D. Aurora Deseada de los Amores y Perrera (que tales eran los nombres y apellidos de la poetisa) Pidióla su venia para la visita, y todo concertado, fueron él y D. Casto, en el coche de éste, hasta Carabanchel Alto, donde vivía la susodicha. No bien se apearon y llamó D. Antonio á la puerta de la casa, sufrió su prudente amigo un triste desencanto, pues á los golpes de aldaba contestaron unos furibundos ladridos. El Sr. de Gato, tal vez por misteriosas sugestiones de su apellido, odiaba los perros, es decir, los tenía un miedo cerval. Aquella puerta se abría desde el piso principal de la casa por medio de una cuerda, y i por esta razón, apenas la hubieron abierto, se presentó solo, dando un quién vive desafiador y salvaje, un inmenso terranovo negro. El Sr. do Gato, al verle, dio un salto hacia atrás y se acogió al amparo del coche. Don Antonio intentó animar á D. Casto, intentó apaciguar al cerbero, y viendo que nada conseguía, llamó nuevamente á la aldaba hasta que bajó una criada, que á D. Casto le pareció un ángel salvador. Protegidos por ella, atravesaron un jardín lleno de. frescas y perfumadoras flores que á D. Casto le recompensó- del susto, antojándosele verjel delicioso donde debía buscar sus inspiraciones la poetisa. Pero poco le duró á D. Casto el sosiego, pues la ascensión al piso principal fué para él un verdadero calvario. Apenas puso el pié en el primer escalón hirieron sus oídos unos nuevos ladridos. ¡Una poetisa con perros! Aquello era una decepción. Al segundo tramo, apareció y se encaró con el atribulado Sr. de Gato un perrillo de lanas de ladrar agudo, y que al temeroso le pareció un tanto prorcaz. Nueva parada, nuevo susto y nueva y providencial interven-