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BLANCO Y NEGRO. 295 Juan, beodo, tropezóse con tal chisgarabís, y e ste lialló asidero en el estado de aquél para abofetearle é insultarle... y ¡aquí fué Troya! A Juan se le subió la sangre á la cabeza, y zurra aquí, zurra allá, propinó al mastuerzo una soberbia paliza Un día bastó para condenar á muerte al pobre Juan; que los militares son muy rápidos en lo que toca á extender pasaportes para el otro barrio La predicción de la bruja se cumplía El día en que la fatal sentencia se realizó, lo recordaré mientras me quede un soplo de vida. Yo era de la fuerza que formaba el cuadro. Aun veo á Juan en medio de éste, tranquilo, sereno, sin alarde de temeridad, pero mostrando por su aspecto que era un hombre de corazón. Yo no podía respirar, y en las piernas y los brazos sentía tal dejadez y hormigueo, que á poco más desfallezco y dejo caer el fusil. ¿Y Esteban? me diréis. Allí estaba, que en tan amargo trance no había de abandonar á su amigo; pero más le hubiera valido al menguado estar á cien pies bajo tierra, porque la profecía de la gitana se completaba. La suerte ciega lo designó para formar parte del piquete que había de hacer fuego sobre el desdichado reo. Yo, á través del velo que nublaba mi vista, vi á los dos amigos abrazarse, y también oí las siguientes palabras de Juan á su amigo Esteban: -Adiós; di á la pobre viejeeita que mi último pensamiento fué para ella; y tú procura que no te tiemble el pulso. Apúntame bien y á la cabeza porque ¡una muerto pronta es la última prueba que espero de tu amistad! Cuando acudimos á recoger el cadáver del desdichado Juan, vi en. el centro de su frente un agujero de ennegrecidos bordes, por el que una bala certera penetró para perderse en las profundidades de los sesos. i Esta bala fué la última ofrenda que á la amistad de Juan tributó su infortunado compañero. JOSÉ A Z P I T A E T E llmtraciones de Oros. SÁNCHEZ