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LA ULTIMA OFRENDA (RELATO DE UN SARGENTO) XA gitana greñuda y liarapienla, que iba diariamente al campamento á embaucar tontos y á recoger las sobras del rancho, había predicho al soldado Juan su triste fin. G íflí- aZ- -habíale dicho, -cara alegre tienes, y se conoce que eres amigo de zambras: aprovechad tiempo, porque poco te queda de vida. Como también te aseguro que el amigo á quien más estimas te la ha de quitar; -é indicaba con su torva mirada á Esteban, el amigo inseparable de Juan, Grandti era, en efecto, la s amistad que ambos se tenían; tan grande, que las palabras tuyo y mío carecían entre ellos de valor. Todo les era común: abundancias y escaseces, alegrías y duelos. lío había sóida lo en el regimiento í- que les igualara en destro za, fuerza y sandunga, y lo mismo se cantaban unas playeras que endiñaliaii un linternazo al lucero del alba. t) e todos eran queridos por su natural alegre y bondadoso, que en más de una ocasión evitó serios disgustos y no pocas camorras entre sus compañeros de armas. Andábamos entonces á caza de facciosos, y estábamos destacados en un villorrio del ÍTorte, esperando órdenes superiores y entreteniendo nuestros ocios de la mejormanera que podíamos, quién limpiando á escondidas los bolsillos de sus compañeros por medio del tan acreditado procedimiento do, tirar de Ja oreja á Jor ¡e, quién requebrando á las mozas del contorno, quién entrándose, como en lugar conquistado, por algún caserío, y hurtando aquí una gallina ó escamoteando allá un par de pemiles. Juan y Esteban eran el alma j la- vida do todos los jaleos que movíanif s para distraer la tristeza que nos aquejaba de vez en cuando, producida por la nostalgia de la tierra y el recuerdo de las personas queridas, unidos á la posibilidad de perder la pelleja al día siguiente, por obra y gracia déla certera puntería de algún partidario de la monarquía absoluta Un día, al despertarnos, nos sobrecogió una triste nueva. Juan estaba sometido á un consejo de guerra. Durante la noche anterior había quebrantado gravemente la disciplina, y seguramente sería condenado á la última. pena. El hecho había acaecido del siguiente modo: Juan tenia afición desmedida al zumo de la vid, y el vino le tornaba, de excelente y comedido, en regañón y camorrista. Había en nuestra compañía un oficialillo, con cara de mujer y hechos de Judas, recién salido de la Academia, cobarde y servilón con sus superiores é iguales; soberbio, grosero y cruel con los que estaban bajo su yugo. Por el más ligero motivo sus manos abofeteaban, su voz de clarinete chillaba desentonada, y su boquilla de labios rugosos lanzaba los epítetos más denigrantes. No hay que decir que todos lo hubiéramos querido ver aíado á la boca de un. cañón.