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ALGEBRA PURA Cuantos estuvieron en la Acadeníia militar de X hace unos veinte años, no han podido olvidar, de seguro, el candido rostro del fornido padre capellán, profesor de Geografía y de Historia en aquel centro. Era de ver aquel liombre, alto como un castillo, con las fuerzas de un Sansón y la inocencia de un niño, capaz de matar á un buey de un puñetazo y de tragarse las bolas de mayor calibre como se le dijeran en tono serio y con aspecto formal. Dotado de una regular memoria, era para Su Reverencia cosa de juego el decir qué hizo en sus mocedades y aun en sus vejeces el rey menos significado del mundo antiguo, y daba pelos y señales de todos los detalles topográficos de las regiones que la clase recorría con el puntero s obre el mapa. Pero si todo esto era para él fácil y sencillo, no sucedía lo mismo con la razón de las cosas, y tropezaba en un- por qué, dando tremendo batacazo, en cuanto algún malintencionado alumno, sin dejarle terminar la perorata, se le ponía, como piedra, al paso. -Ustedes- -contestaba el bueno del hombre- -están acostumbrados á las matemáticas, en las cuales todo tiene su por qué, y ni en Geografía ni en Historia sucede lo propio. Todo hubiera marchado como una seda, sin la monumental guasa que al pobre de D. Evaristo dio uno de sus compañeros de enseñanza, hombre de mucha sandunga, zumbón como pocos y serio como ninguno. El pretexto de la broma fué la pretensión que le manifestó el padre capellán de aprender en breve plazo las matemáticas. -Me carga- -decía el pobrecillo- -ser profesor de la Academia y verles á ustedes hacer equis, zedas, extraer raices como los hortelanos y elevar cuhos como los aguadores, y yo entretanto, con la boca abierta, veo el encerado negro y las letras blancas y se me hace en el cerebro una mezcla de blanco y negro, que tira á gris, sin que entienda ni jota. ¿Conque usted desea saber matemáticas? -repuso el profesor interpelado. ¡Pues ahí es nada lo que usted quiere! Sepa usted, noble amigo, que la ciencia matemática es un secreto que se viene transmitiendo de generación en genei ación entre un pequeño número de iniciados, y que nos está prohibido revelar el misterio á los profanos. Pero en fin, usted es compañero, (aquí empezó á usar un tono lúgubre) y voy á romper el sigilo profesional en su obsequio, siempre que me jure usted no revelar jamás el nombre de quien le hace la revelación. ¿Juráis? -Si j u r o- exclamó solemnemente D. Evaristo. -Pues bien, sepa usted que todo ei busilis está en el valor de las letras, porque todo eso de equis, zedas, etc. es pura farándula, porque no ha de pedir usted equis libras de carne á un carnicero, ni zeda metros de cinta á un comerciante: no, cada letra tiene un valor asignado que permanece en el misterio. -Bueno, bueno; pero dígame usted esos valores- -dijo el pobre ardiendo en impaciencia. -Sólo le puedo decir á usted uno; los restantes solicítelos de los compañeros. Mire usted, la a (aquí bajó la voz) vale OCHBKTA; pero cálleselo usted, y sobre todo que no se sepa que he sido yo el autor déla revelación. Al día siguiente le faltó tiempo al bueno del Padre para decir á sus alumnos: -Ustedes se figuran que yo no sé matemáticas, porque no explico más que Geografía é Historia; pues sepan ustedes que los valores de las letras no son un secreto para mí: no conozco el de todas, pero me consta que la a vale ochenta.