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2 T 8 TRES AL SACO, roR ROJAS. BLANCO Y NEGRO el colegio de niñas pobres, y llegó A sus oídos aquel ru mor de enjambre y aquel cadencioso crujir de arena. Ya llegó el coche á su alcance, ya las iba á dejar atrás, cuando se paró de pronto, encabritándose soberbiamente los caballos al sentir un rudo tirón del freno. ¡Rosa! ¡Hija mía! -gritó el cochero con voz empañada por la emoción, y poniéndose de pie en el pescante. Una de las muchachas volvió rápidamente la cabeza, y destacándose de la hilera, llegó á todo correr, sonriente y sofocada, al lado del coche, trepó al pescante, haciendo estribo de una rueda, y agarrándose nerviosamente con ambos brazos al cuello del cochero, sonó un doble beso, fuerte y sonoro, mientras el sombrero de copa con vistosa escarapela caía rebotando hasta el suelo. ü n montón de caricias en otras tantas preguntas, una moneda de diez céntimos que pasa de una mano trémula á otra diminuta, otro beso, y un ágil salto A tierra. Tí -i Para todo esto hubo tiempo mientras el diligente lacayo recogía el sombrero caído, y aún quedó para muchos adioses dichos con labios, manecitas y corazón, mientras el cochero, recogiendo las riendas y empuñando la fusta, hacia trotar á los caballos. Tula, que había presenciado con atención tan rápida escena, parecía pensativa y preocupada. Tanto, que al pasar por delante de ella el coche del banquero X ni siquiera le vio. También es verdad que, en aquel preciso momento, se aplicaba el pañuelo á los ojos. Y el banquero, viéndolo de lejos, murmuró maliciosamente ¡Esa presumida, siempre retocándose! SANTIAGO A S T O R