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EL BESO DEL COCHERO El paseo de la Castellana estaba todavía casi desierto. En aquel ambiente puro y perfumado por las acacias, no marchitado aún por la neblina, casi invisible, que se había de levantar después ondulante y atrevida desde el suelo hasta empañar el fresco brillo de las hojas y las ñores, solamente había algún paseante solitario, misántropo ó higienista, que iba allí á filosofar ó á respirar oxígeno; alguna amorosa pareja que tanto veía el cielo mirándose el uno al otro, como alzando la vista y mirándole diáfano y puro á través de las ramas, tan entrelazadas como sus manos Avanzando lentamente, y de dos en dos, iba una larga hilera de muchachas, niñas en su mayoría, huérfanas algunas, y pobres todas. Las más pequeñas delante, las mayores detrás, y en último término las hermanas de toca blanca, libro de oraciones y gran rosario lleno de medallas y cruces. De aquellas criaturas con su vestido uniforme azul obscuro y su negra mantilla, algunas hablaban, pocas reían, y las demás, silenciosas, llevaban en su fisonomía la tristeza de la nostalgia. La que produce la vida en un colegio sostenido por la caridad. El rurnor de enjambre de sus voces confusas, y el crujir de la arena bajo sus lánguidas pisadas, se fué ahogando poco á poco en el ruido que desde el centro del paseo enviaban el trote de los caballos y el trepidar de los coches. Uno de los primeros en llegar al paseo había sido el de la hermosa Tula, una de las mujeres más í? e moda en Madrid. Su victoria, arrastrada como una pluma por un tronco de briosos alazanes, era realmente una carroza de la belleza y la moda triunfantes, sin que faltase, para llevar á la zaga, un buen número de vencidos. Habíase propuesto Tula añadir á sus conquistas la del banquero X por lo mismo que parecía inconquistable, y lo había de conseguir. Le había visto ya pasar en su coche, en la misma dirección que ella, y solamente aguardaba el cruce para arrojarle de frente todo el esplendor de su diabólica hermosura. Mientras tanto, miraba distraídamente á uno y otro lado del paseo, cuando tropezó su vista con