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268 BLANCO Y NEGRO lanzas atravesaron en aquel instante el. cuerpo de la fiera, que cayó para no levantarse ya, lanzando el último bramido. Salid, salid, que 3 a está muerto! -gritaron los muchachos, siempre los primeros en averiguar y propagar las grandes noticias. Bravo, bravo! -decían las mujeres desde las ventanas, sonriendo á los vencedores. Poco después todos los habitantes de Burgos bajaban á presenciar los destrozos de la lucha, á medir el cuerpo del toro y calcular su enorme fuerza. ¡Oh qué serie de desgracias! -decía una pobre vieja contemplando los cadáveres de dos pobres soldados. Ha herido á mi hijo! -decía otra mujer llorosa, mirando con rencor al toro muerto. La carne del animal f aé adjudicada á los jinetes, que dieron un gran festín á sus amigos. -La verdad es- -decían todos, contando después los accidentes de aquella extraña aventura- -que las gentes no hablan ni hablarán en mucho tiempo de otra cosa. -Tienen muchas desgracias que contar. ¿Desgracias? Ks verdad: pero no sé qué tiene el hecho, que casi todos lo recuerdan con gusto y como una diversión. Apuesto á que desearían repetirla. -lío siempre entran fieras en una población. -Hay quien seria capaz de traer toros para que los matasen á lanzadas. -No seria malo. Vaya una ocurrencia! líe de pensar en ella muchas veces: pero eso es imposible. -Sí, imposible- -repitieron casi todos con tristeza, trinchando con sus dagas trozos de carne de tero asada al uso de la época. -Vjt- Lt v- v- v (X v- x -U X- 3 i- í l ¡Chico, qué calor! Esto es insoportable. -Claro: como estás tan grueso- -Tú estás más grueso que yo. -No lo creas: para cargar contigo se necesitarían seis hombres. -Y para cargar contigo se necesitarían también seis hombres pero tendrían que hacer dos viajes.