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mM re ístóriíE fines del siglo ix, cuando la después famosa población de Burgos era una plaza murada y fuerte, como convenía en aquella edad de hierro, hubo un alboroto en la tarde de un domingo; orejóse en el primer instante que ei a un rebato de moros, y los hombres de guerra se vistieron á toda prisa sus cotas de malla j se armrron de picas y saetas; las mujeres, azoradas y curiosas, ocuparon las ventanas, y las gentes pacificas, las menos en aquellos tiempos azarosos, cruzaron las estrechas calles refugiándose en las casas inmediatas. Ko era una embestida de moros; un toro bravo, atropellando al centinela que guardaba una de las puertas de la ciudad, habla entrado e n el pueblo embistiendo y arrollando ¿ciudadanos y soldados, que conversaban sin armas en medio de la plaza. Un s. acristán que atravesaba por el centro de ella fué seguido por el animal, que, desgarrándole la túnica, le hizo rodar medio desnudo por el suelo; su perro, que le vio tan malparado, ladró con furia intentando morder en el hocico á la fiera, y respondiendo á aquellos ladridos todos los porros de la vecindad, se lanzaron sobre el toro, que, arrimándose á una tapia, despidió los canes por los aires y reventó al caer á los más atrevidos. Aquella detención rehizo á la gente; un soldado ajusfando el arco desde un extremo de la plaza, rasgó la piel del animal, dejando clavada en ella una flecha que no internó en la carne, ü n bramido espantoso, seguido de rápida carrera, hizo huir á los más bravos; allí cayó mal herido un paje que quiso acuchillar al toro; otros mancebos imprudentes le hostigaban, salvándose de su persecución trepando por los árboles; pero de vez en cuando la fiera alcanzaba á los más temerarios 6 imprudentes. Dos hombres muertos yacían en medio de la plaza y habían sido retirados con trabajo cinco ó seis heridos, cuando aparecieron varios jinetes armados de lanzas y cubiertos de hierro hombres y caballos. Matadle! ¡Matadlel- -gritaban las mujeres desde las ventanas, y los peones desde los quicios de las puertas. El toro, que había retrocedido un instante, embistió al primer jinete, rasgando el vientre del caballo y levantándole por alto; el caballero cayó sobre lá arena produciendo un ruido metálico. Cinco ó seis