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26 C BLANCO Y NEGRO toneo, un caballero, souíado en medio do la Hala, exclama, con el más sareástico acento que pudo inventar la i: -onla. Pero, ¡cómo nos divertimos! Aplauso cerrado al caballero, o on o basta el final y la obra al foso. iSFo siempre se manifiesta el ingenio de telón afuera en esos momentos supremos de la derrota. Tambie n tenemos actores ingeniosos que echan leña al fuego, o carne á la fiera, con iioble generosidad, cuando el autor ha pasado á ser cabeza de turco. En una de las gritas más formidables que he presenciado, ocurrió lo siguiente: Tratábase de una obra en dos actos, y desde la segunda escena principió el jcdeo de modo alarmante. Tanto, que hasta se entablaban diálogos entre el público y los actores. Al final del primer acto desaparecía un personaje, arrebatado, contra su voluntad, por un globo. Más de mediado el acto segundo, caía dicho personaje sobre la arena, vestido de arlequín. Al caer fué saludado con un meneo monumental. Entonces el actor, dando á su semblante una marcada expresión de cómica tristeza, hubo de exclamar: Si lo sé, no bajo. A lo cual respondió el público con estruendoso aplauso y grandes carcajadas, celebrando, como se meresia, la oportuna ingenuidad Algunas veces la interrupción es hija legitima de la buena fe. EjemjJo: Sale á escena un personaje (en un estreno del teatro Español) y lo primero que dice es que está muy de prisa, que no se puede detener, que viene á despedirse rápidamente, porque se va en el tren rápido que ha de partir dentro de pocos minutos. Despue s de decir todo eso, principia á charlar y no acaba nunca. Uno de esos espectadores ¡que los hay! que toman la ficción csce nica por viva realidad, identificado por completo con la comedia, siguiendo atentamente su desarrollo desde una delantera de galería, levantóse de pronto, y encarándose con el personaje- viajero, le dijo con toda su alma: ¡Eh, señor Fulano! ¡Que va usté á perder el tren! s El público cayó inmediatamente en lo falso de la situación y gritó la obra, celebrando, como era justo, el buen deseo (que era sentido crítico) de aquel espectador. La interrupción toma, en ocasiones, forma de consejo cariñoso y desinteresado. Eepresentábase hace años en el teatro Principal de Málaga una comedia de capa y espada, de la época de Felipe IV, y al galán joven le habían atizado, una peluca que parecía una montaña. El galán joven era delgadillo y de corta estatura, por lo cual aquella peluca, en su cabeza, parecía aún más grande de lo que era en realidad. En lo más interesante de la comedia quedóse solo este personaje y la emprendió con un monólogo sembrado de dilemas y disyuntivas. Al llegar al punto más intrincado de sus dramáticas reflexiones, exclama: c El rey de una parte; de otra, mi amor á Elvira! ¿Qué hago. Dios mío, que hago? iPélate! lo contestó un espectador do la cazuela. Y allí acabó la comedia do capa y espada porque ya no hubo forma do tomar en serio las lamentscio. nes del peludo personaje. Si hubiera de anotar todas las improvisaciones é interrupciones de este ge nero, de que hago memoria, no acabaría nunca. Y como he de acabar, porque todo tiene tin (hasta la paciencia de los lectores) acabaré también- -ciñéndome al asunto- -con una interrupción. Interrumpo, pues, mi tarea y me voy por el foro. Hasta otra. FiiAXcisco F L O R E S GARCÍA.