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236 BLANCO Y NEGRO Ya se liaH aiDereibido de que las observo. ¿Cuál de las dos será la que venga á servirme? ¡Si fuese la rubia! E s lindísima esa rubia. ¡Le sienta tan bien el delantal blanco y aquellos dos claveles que parecen nacidos entre la dorada mies de sus cabellos! ¡Y qué tallé! ¡Y que manos tan frescas debe tener! Digo, andando á vueltas con la horchata! Esto me hace recordar que también los barberos tienen frescas las manos, y no andan con liorehata precisamen, te Y que también los perros tienen siempre frías las narices Y que hay otra porción de cosas que siempre están frías, si hemos de creer lo que afirma una copla vulgar ¡Calle! La rubia se levanta, se arregla el delantal y se dirige hacia mi mesa ¿Con qué cara le digo yo lo que deseo, cuando me pregunte: ¿Qué va á ser? Ya, está aquí. Suspiraré. ¡Ay! De fijo se ha figurado que este suspiro me lo arranca el calor. ¿Que qué deseo? Muchas cosas, niña; por de pronto, algo que refresque mi sangre, porque entre el calor y tus ojos- ¡No, cebada no; muchas gracias! Bueno; tráeme horchata. ¿Ün chico? ¿Y por qué h a d e ser un chico? -Ni chica tampoco; la cerveza es una mixtificación de la cebada. -Sí, grande; tráemelo grande, y sea lo que Dios quiera. -Bueno; vengan los barquillos. Decididamente no sirvo yo para estas cosas; la chica se ha reído de mí, y está en su derecho. Ya siento haber pedido barquillos. ¡Bonita cara voy á poner cuando empiece á chupar con ellos la liorchata! Ahora es la otra chica, la morena, la que se lie; sin duda le ha contado su compañera el chiste de la cebada No, no debe ser esa la causa de su risa Que se río de mi, es indudable ¿Por qué me mirará tanto á los pies? ¡Los calcetines! ¡Malditos calcetines! ¿Cómo í me arreglo yo ahora para subírmelos sin excitar la hilai- idad de esa muchacha? E s t i r a r é los pantalones Asi; creo que ya no se ve nada Pues, señor, estoy sudando ¡Y yo que vine aquí á refrescar! Ya me traen la horchata. ¡Ay, qué rica! -Y a lo creo que me gusta! ¡Y más servida por esas manos! ¡Canela! -No, si no he traído perra; digo ¡canela! por lo hermosa que eres. -No hay de qué, hija; es la verdad, la pura verdad. ¿Cómo te llamas? ¿Nieves? ¡Ahora me explico que estés en una horchatería! ¿Y con qué te lavas la cara para tener ese cutis tan fresco y tan blanco? -No lo creo; con agua fresca me lavo yo, y cada vez estoy más negro y más feo. -En eso debe consistir ¿C uánto te debo? ¿Tres reales nada más? ¡Tres mil daría yo si los tuviera por uno de esos claveles que llevas en el pelo! -No hay de qué, hija; es la verdad. Toma dos pesetas y guárdate la vuelta para comprarte claveles. ¡El palacio de La Equitativa te regalaría yo, si fuese mío como lo eran esas dos pesetas! Conque, ¿en qué quedamos? ¿Que se lo cuente á tu marido? i A tu marido! ¿Y quién es tu marido?