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UÉ día aquél! ¡Abandonado en un vertedero del barrio de las Injurias! ¡Aun no se borra de mi memorial Era la hora en que las criadas torean por lo ñno desde ventanas y balcones, cegando d los madrugadores transeúntes. Los felpudos ruedos y alfombras andaban por las nubes: en la atmósfera oíase un continuo batir de alas. De pronto el ruido de una campanilla llegó á mis oídos; comprendí que corría algún peligro. En efecto, unos hombres provistos de inmensas escobas acercáronse á mí. Estaba perdido ¡Horror! Pero no adelantemos los sucesos. Yo, señores, nací en Ocaña. Seríame muy fácil decir que en Andújar; pero yo soy muy decente en clase de botijo, y no me gusta disimular la verdad. Lucí por primera vez mis formas redondeadas y rezumantes en una cacharrería de la calle del Tribulete. La dueña, muy bueüa persona, era esposa de un dependiente del resguardo, que cifraba todas sus aspiraciones en ascender á aforador. El aforo, decía á sus amigos, constituye mi especialidad mayormente. Allí pasé mi juventud, enamorado perdido de una cazuela que, por lo brillante y pulida, á una luna veneciana asemejábase. Pero como no hay dicha que cien años dure, aunque para mí tengo que cuerpos habría que con gusto la resistieran, llegó el día en que, arreciando el calor y el canto de los grillos, los vecinos de la coronada villa lanzáronse á la calle en busca de alguna joya de alfarería que les sirviera de bomba para apagar el ardor que en sus enardecidos estómagos sentían. Y en verdad que donde hay botijos, que se quiten las tinajas, aun las de esa hermosa tierra murciana, que las adorna y acicala como á niñas casaderas. Quiso mi mala estrella que entrara una familia de esas que se ha dado en llamar déla vuelta de arriba es decir, de las que viven en principal bajando del cielo, en la cacharrería donde yo me daba tono, pues he de advertir que nunca descendí hasta exponerme en San Isidro. Q