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218 Mejor podrían cortar Que navajas de afeitar Las lenguas de aquellas die? Total: de noche y de día La bronca era allí segura, y al fin vimos en clausura La famosa barbería. IIL Hoy Blas ha vuelto á tomar Los oficiales aquellos Que cortaban los cabellos BLA CO Y N E a R ü Que hay algunos oficiales Que tienen suaves las manos Y á dar gusto siempre aciertan, Son pocos los que despiertan Amor en los parroquianos. El caso es que el pobre Blas Deoia ayer a u n amigo; ¿Mujeres? ¡Nunca jamás! I Por poco acaban conmigo Si las tengo un día más! JUAN P É E E Z ZÚÑIGÁ. Con destreza singular, y que quedaron cesantes Cuando tomó á las barberas. Ya no hay líos ni quimeras, Y afeitan los mismos que antes. Hablando de mil bobadas Rasuraban las mejillas Oliendo siempre á colillas O á judías estofadas. Y hoy gana Blas pocos reales, Mas vive tranquilamente, Porque aunqiie dice la gente LOS SALVADORES ¿Cómo tiene V tan sanos y colorado. 5 á sus hijos? -había preguntado el día anterior una vecina al padre de Tomasito. ¿Cómo? Dándoles á beber a g u a y vino en t o das las comidas. E l agua mezclada con vino refresca y alimenta, alegra y da salud. Aquella misma tarde, Tomasito, estando mirando en la pecera como nadaban los magníficos peces de colores, le pareció que estaban tristes. ITna idea salvadora brotó en su mente, y para alimentar, refrescar y dar salud á los peces, vertió en su agua una botella de vino robada en la despensa. ¡Con que placer admiraron los muchachos los diversos matices del agua según iba mezclándose con vino, y mucho m á s los rápidos movimientos de los peces, que empezaron á agitarse y dar vueltas desordenadas en aquel líquido asfixiante I- ¡Y a se alegran! ¡jVIira cómo corren! ¿S e h a b r á n emborrachado? A las voces infantiles acudió el cochero, que era u n grandísimo borracho, y al enterarse del hecho, dijo á los n i ñ o s -L o s habéis envenenado. ¡S i papá dice que el agua con vino es u n remedio! -P a r a vosotros; pero es mortal para los peces. Y o los salvaré. ¿Q a é vas á hacer? -B e b e r m e e s e agua y vino, y echarles a g u a sola. Y el cochero, que era u n hombre bueno, alzó la pecera, la puso en su boca, miró al cielo! y la pecó de un solo t r a g o Después echó á correr como un loco, pidiendo u n anzuelo á los criados. ¿P a r a qué? -le decían. ¡P a r a pescar los peces que t e n g o en el estómago! E l infeliz se había tragado los peces por salvarlos. JOSÉ F E R N Á N D E Z BREMÓiST,