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BLANCO Y NEGRO 199 conocéis el por qué se unieron los factores de aquellos dos sumandos, que, andando el tiempo, darían el total de la suma de amor, traducido en una preciosa chicuela de ojos azules y guedejas rubias y brillantes como hacecitos de oro No os describiré aquí los idilios y esperanzas de los dos amantes, amargados, sin embargo, por la oposición tenaz que el padre del artista, un señor viejo, apegado á sus riquezas y á sus pergaminos ducales, demostró desde luego por aquel matrimonio. ¿Casarte tú- -decía- -el heredero de un título de lamas alta nobleza, con una mujerzuela, menos aun, con una modelo? ¡Jamás! Pero el enlace se efectuó á despecho del orgulloso aristócrata, quedando así rotas de una vez las no muy cordiales relaciones que existían entre el padre y el hijo, merced á ser el Duque, á pesar de sus años, aficionado á las hijas de Eva, hasta el extremo de manchar con ridículo cinismo aquellos mismos timbres por cuyo brillo tanto parecía interesarse. IV. Una tarde en que el sol dejaba caer de plano sus rayos de un tenue color rojizo sobre los cristales de los balcones, abrillantándolos con tonos calientes y reverberaciones de fragua, un señor ya de edad, vestido con irreprochable elegancia, pero ridiculamente emplastado el rostro con afeites y cosméticos, habíase detenido á la puerta de la casa en donde habitaba Amalia, y decía con voz melosa á la esposa de Enrique -Perdone mi atrevimiento en dirigirme á usted sin conocerla; pero es nsted tan bella, que desde que la vengo siguiendo desde Recoletos, me he sentido atraído hasta el punto de suplicarla me conceda usted su amistad -Caballero- -replicó Amalia- -yo sí le conozco á usted... y mucho Desde luego le concedo mi amistad; y en prueba de ello, ¿quiere usted ser tan amable que me acompañe hasta mi domicilio? La sorpresa del galán fué tanta, que no pudo por menos de tartamudear- ¡Ya lo creo que si! con mil amores Es muy grande honor para mí un placer inesperado... Y galantemente ofreció el brazo á la joven. A buen seguro que el viejo, á cada nuevo peldaño que subía, traería consigo mismo esos soliloquios inocentes y bufos á la par, de los don Juanes que aun creen seductor é irresistible su tipo rugoso, reumático y maltrecho por los años, Con aire napoleónico penetró el viejo en un gabinete lujoso. Sentado en una butaca hallábase Enrique jugueteando con Emma, su hija. Al oir el ruido que produjo el visitante, volvió la cabeza, y después de lanzar una exclamación de asombro, púsose en pie y exclamó abriendo los brazos: ¿Usted aquí, padre? Amalia, en el dintel de la puerta, sonreía con aire de triunfo. La casualidad primero, luego la sorpresa, y por último, lá frase de Emma, que al oir á su padre, corrió hacia el Duque, y asiéndole una mano, le preguntó con verdadera grsicia infantil: ¿Me da usted un beso, caballero? realizaron el milagro de que en tal tarde el postrer rayo del sol coincidiese con el primer beso del abuelo: el último y el más hermoso idilio del aristócrata