Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
BLANCO Y NEGRO IL Amalia fué modelo de un pintor. La necesidad la empujó á ello. Cierta tarde en que la huérfana lloraba en su zaquizamí, una amiga de colegio, muchacha resuelta y alegre de genio, la dijo: -Chica, si quieres ganar para comer, ven á casa de D. Enrique, un pintor joven, grande amigo mío. Precisamente, el hombre anda que sorbe los vientos por topar con una modelo de tu mérito. -Es que yo no expondré jamás mi cuerpo ante ningún hombre- -exclamó Amalia. ¿Y quién te ha dicho á ti otro tanto, grandísima boba? -interrumpió la amiga. -D. Enrique se presenta este año en la Exposición con un cuadro que titula Pasionaria. Dicho cuadro representa una muchaehita que llora porque su novio, un bergante de siete suelas, la ha mandado á freir espárragos. ¿Te enteras? Tus escrúpulos no pueden existir ya Vas conmigo á casa de D. Enrique, te colocas delante de él así (y la amiga á este punto se levantó de la silla y adoptó una postura cómicotrágica) y como si estuvieran retratándote, estás sin pestañear todo el tiempo que él te diga, y por tal incomodidad, que no merece la pena, cobras un diario muy decentito y cesas de hacer pucheros y vives como las personas y no en esta huronera. Tal argumentación empleó la amiga, que Amalia dejóse arrastrar por ella, y en casa del dicho don Enrique embocaron ambas al día siguiente. El hijo de Apeles quedóse prendado de la modelo, y albricias dio á su conocida ñor proporcionárselo semejante Amalia, mientras duró la entrevista, observó con asombro y curiosidad infantil los mil y un cachivaches artísticos, las panoplias, caballetes, bocetos, tapices, botes, esculturas, pinceles y brochas que sin orden ni concierto llenaban el estudio. D. Enrique, de vez en cuando, la dirigía una mirada escrutadora. Amalia, confusa y avergonzada, bajaba sus hermosos ojos. Ya en la calle, la amiga hubo de preguntarla: ¿Qué te parece D. Enrique? -Muy simpático- balbuceó la huérfana ahogando un suspiro. III. Cuatro años han transcurrido desde la presentación de Amalia, y no os sorprenda hallar ahora á ésta en un lujoso gabinete, espléndidamente decorado. No forméis mal juicio de la joven. Enrique, su maestro, que poseía alma de artista lo mismo delante del caballete que ante la mujer, sorprendió en la modelo aquello mismo que quería trasladar al lienzo: un ser todo ternura y candor, una mujer en cuyos ojos vagase aún esa serenidad atra 3 ante de, la virgen. Amalia era el arquetipo soñado, la Pasionaria, entrevista en. los momentos de su gestación ideal, y Enrique, noblemente, expuso á la huérfana su apasionamiento por ella. Amalia comprendió la veracidad del joven al hacer su confesión amorosa, y no titubeó en darle su mano. Ya