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BLANCO Y NEGEO 187 -Pero ¿no ves que se ahoga? -Bien; ¿y qué? ¡Buen provecho! ¡No tienes corazón I ¡Ahora verás! Y Pepita, encolerizada y furiosa, armóse de la sombrilla y corrió en auxilio del náufrago. Mas para llevar á cabo la maniobra, era indispensable mojarse los piececitos. Instintivamente retrocedió, exclamando: ¡Poltronazo, mandria! ¡Y dices que me amas! i Y permites que se ahogue ese ppVre fnimalito! ¡Cobarde! ¡Ya no te quiero! -Pero mujer, ¿qué quieres que yo le haga? ¡Y lo preguntas! ¡Salvarle! Levantóse Pedro con un gesto de cansancio, y cogiendo la sombrilla que Pepita le alarga a, dirigióse á la charca, mojándose terriblemente los pies, pero consiguiendo salvar el insecto, que puso en manos de la filántropa, acompañado de una sonrisa de satisfacción. Pepita no hizo caso de la sonrisa. Con la mariposa extendida en la palma de la mano, fuese en busca de un rayo de sol para enjugar al animalito, que no daba señales de vida. ¡Dios mío! ¡Pobrecita! ¡En qué estado se encuentra! ¡Cómo tiene las alitas qué mojadas! Él guardaba silencio, observando con cierto interés la escena. JVlinutOs después, el insecto se rebullía con movimientos apenas perceptibles. Poco á poco se fué animando, sacudiéndose primero las antenas y extendiendo luego las alas con cierto orgullo, dispuesta á levantar el vuelo. Pepita estaba loca de contento. ¡Es muy hermosa! ¿Verdad que hubiera sido cruel dejarla morir? ¡Tienes razón! De pronto quedóse ella meditabunda. Alguna idea grave se le ocurría. ¿Sabes- -dijo- -que esta primavera se habla mucho de insectos como éste para adornar los sombreros de verano? ¡Qué me dices! -Sí han de estar sujetos como si se hubiesen posado al acaso entre los lazos, sobré la paja. ¡Debe ir bien y ser muy elegante! ¡Mucho! Pero te ruego que des libertad á tu protegida y vengas un rato á sentarte... Descansarás y hablaremos ¡Hoy hace tres meses que nos casamos! ¿Te acuerdas? ¡Yamos, ven! ¡No seas terca! Ella no se tomó el trabajo de responder, muy entretenida en examinar el pequeño ser salvado por su mediación. De repente, desprendió del cuerpo del vestido un largo alfiler de azabachada cabeza, y clavó tranquilamente la mariposa de alas azules entre los lazos del sombrero. Luego, con aire satisfecho, echó á correr hasta llegar á la orilla del rio, buscando en el espejo de sus aguas tersas y cristalinas la reproducción de su airosa figura; al mismo tiempo que el insecto, batiendo las alas en un espasmo de agonía, proyectaba en la paja blanca del sombrero ligeras sombras movedizas, que armonizaban muy bien con el resto de los adornos V. LASTRA Y JADO.