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SENSIBLERÍA ¡Gracias áDios que estamos solos! ¡Uf! j Qué rendido estoy! Esa familia de Riveros me empalaga me carga ¡No lo puedo remediar! ¡Cualquier día me atrapan ellos con otro madrugón! Pero ¿estás sorda, chiquilla? ¿Por qué no vienes? Los vegetales y el tiempo cumplían con su deber; los primeros cubriéndose de hojitas y retoños, y el segundo dulcificando la temperatura y barriendo el cielo de los últimos desgarrones de nubes de un color desmayado de rosas mustias y resecas. Los árboles que bordan el camino de San Antonio de la Florida comenzaban á perder su rigidez siniestra de mondos esqueletos, entrechocándose con rumores lúgubres ante el empuje rudo de las rachas heladas del invierno. A la salida de la Puerta de Hierro, el terreno, plagado de montículos y sinuosidades, ostentaba retazos de verde esmeralda de la primera hierba, que se extendía en ligeras camadas hasta besar la margen del Manzanares, sobre cuyo lomo de aguas cristalinas flotaban manojos de chispas y reflejos que un sol placentero y alegre despedía. Todo esto quiere dar á entender, dicho en liso romance, que la primavera se había presentado de hecho. Las notas blancas de un vestido claro aparecieron por el fondo de un bosquecillo, armonizándose con el verde fuerte del arbolado, y Pepita apareció con aire de triunfo, las mejillas enrojecidas y el cabello suelto. ¡Chis! I Silencio! ¡Observa y no grites de ese modo! ¡Mira! -dijo ella señalando con el dedo hacia un charco en cuyas aguas se debatía un insecto: una de esas tornasoladas mariposas de alas azules que se asemejan á flores silvestres cuando están posadas. ¡Sí ya lo veo! Es un bicharraco como tantos otros que vuelan por ahi...