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LAS FEAS EMOs convenido en que la belleza de la mujer está en el rostro, y con este convenio han quedado de reemplazo varios miles de muchachas que debieran ñgurar en activo. La corrección de facciones, que es lo único que apreciamos, excluye generalmente otras cualidades físicas, con lo cual se producen injusticias notorias. Nadie repara en un pie pequeño y en un busto escultural cuando su dueña exhibe á la vez unos ojos lacrimosos, una boca desdentada ó una nariz defectuosa. Por la ley de las compensaciones- -esa ley anterior al Diluvio- -la mujer que tiene una de nuestras últimas fisonomías, suele tener uno de nuestros primeros cuerpos. Y sucede también que cuenta con una educación intelectual que para si quisieran muchas de esas niñas bonitas que sólo se defienden con la cara. Las feas son espirituales, y en sus tiernos corazones hacen grandes estragos Lamartine y Becquer. Sacrificarían, sin embargo, sus ilusiones románticas, trocándolas por las realidades de la Vicaría, si encontrasen un hombre que las invitara á hacer ese sacrificio. Ya que no fuera un Ernesto, un Fausto ó un Arturo, se contentarían con un Toribio, un Deogracias ó un Homobono. El nombre seria lo de menos. Ellas conocen la estrategia amorosa, pero no tienen ningún enemigo que las ataque. Todos son amigos. Y como el amor es una batalla, resulta que nunca hacen conquistas, ni tampoco se ven en el sensible caso de dejarse conquistar. En las reuniones pasan las feas muy malos ratos, porque los pollos andan rehacios en sacarlas á bailar. Si pescan un rigodón, es debido á los amos de la casa, que se encargan de buscarlas pareja. Y qué agradecidas son! Mirada que se las dirige, la devuelven multiplicada por diez. Las guapas, en cambio, como las imágenes de los altares, reciben la adoración de los hombres sin darse por entendidas. Las feas ofrecen ventajas inapreciables para los celosos, á quienes pueden asegurar un matrimonio exento de temores y sobresaltos. Pero ¡ni por esas! Ellos prefieren á las otras, aunque sea corriendo el riesgo de pasar una vida intranquila y azarosa, juzgando peor el remedio que la enfermedad. Pobrecillas! Ahí van por esas calles y por esos paseos de Dios, acompañando á sus mamas sin que un alma caritativa las regale el oído. Cabellos abundantes, talles esbeltos, formas tentadoras, nada de esto sirve. ¡Como si una cara bonita durase siempre I ¡Como si la continua contemplación de la belleza no produjera hastio! ¡Vaya, esta tarde me declaro á una de esas! i A bien que no soy ningún Adonis, y debo elegir entre las de mi clase de caras! Por muy fea que ella pueda ser, siempre saldré yo ganando. AKGEL DE LA GUARDIA,