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BLANCO dos por el sol del estío y el agua roja de la balsa, en donde se zambullían de continuo como patos, los chiquillos del hortelano Tonet, vivas reproducciones de un desnudo de Sorolla ó Y NEGRO 171 recían enteramente cubiertas por la trenzada urdimbre de pasionarias jazmines y madreselvas. La morisca alquería, con sus blancas paredes, sus alféizares de esmaltados azulejos de Manises y su airosa torrecilla, surgía esbelta en. medio de aquel ramillete de flores y ramaje; y. en la lejanía, huerta y más huerta, pintorescos puebleciUos, clásicas barracas, rústicas norias y una cinta de plata cuando rielaba la luna de azul cuando reflejaba el SOI. Í... V. De plata iba tornándose en aquel instante la azulada llanura del mar, porque comenzaban á correrse en el firmamento los crespones de la noche, con sus calados de estrellas y sus interminablesfulguracionts de polvo de oro. de una tierra cocida de Mariano Benlliure, en tanto que la mujer de aquél, la hermosa Pepeta, saladísima morena de ojos y pelo del color de las moras que cubrían las zarzas de los vecinos ribazos, preparaba la cena, y su marido daba la última ojeada al establo. IV. ¡Cómo estaba aquel jardín, todo verdura y florescencia! Los frutales entrelazaban sus ramas cogiéndose unos á otros, y entre sus troncos, por no desperdiciar terreno, vivían infinitas clases de plantas útiles. El verde variaba de matiz á cada paso, y ya hería la vista el tono obscuro de las hojas del naranjo, el claro del melocotón ó el verdinegro del membrillo. Los cuadros de legumbres sucedíanse atrechos, dispuestos con todo el arte de la agricultura sarracena. A un lado se deslizaba el estrecho canal, fecundo origen de todos aquellos primores, y sus orillas, defendidas por sólida cañizada, apa- La luna brillaba como un globo de naftalina. Los grillos hacía rato que entonaban su nocturno Aric- irdct escondidos debajo de un terruño ó entre un hierbajo, y las. ranas coreábanles á más y mejor en las orillas de las charcas, Y entonces, luciéndolos jazmines toda su principalísima belleza, abiertos espléndidamente sus elegantes capullos, rosados como mejilla de mujer hermosa, dejaron escapar de sus cinco pétalos, de finísimo y delicado tejido, un torrentfe de olores. Enmudeció la madreselví calló la hierbaluisa, quedó sin voz la rosa y sin palabra 1 bahaca Las flores todas dejaron paso al rey de los jai es; y el jazmín, altivo, orgulloso, rozagante, lleno de i inción y avasalladora elegancia, embriagado con su arista ica esencia, envolvióse en su blanco alquicel, y quedó pl, dueño y señor de aquel edén de arábigos recuerdos. Por toda la noche flotó sl pír ¡tu en el ambiente, hasta tanto que el alba tornó otra vez á transponer los cerros orientales con sus cristianos rumores. ANDRÉS MI RALLES. fj