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166 BLANCO Y NEGRO Embargados por el sueño El movimiento j la voz, En vano el rey pretendía Confundir al orador. La sierpe de la congoja Al cuello se le enroscó, Y turbó el silencio el duro Latir de su corazón. ¡Calle el gusano ante el hombre! Con eco desgarrador Exclamar al cabo pudo, Y otra vez se aletargó. Estremecido el gusano Del eco á la vibración, En su columpio de seda, Como un péndulo osciló; Mas, recobrado, -al oído Se detuvo del señor, Y su cortada fraterna, De esta suerte reanudó: -Mira dentro de ti mismo Y mira á tu alrededor, Y verás como es el hombre Más desdichado que yo. Al nacer desnudo, inerme, E n llanto rompe su voz; Para vivir necesita De la ajena protección; Nada en el mundo consigue Sin trabajo y sin dolor, Y su primer enemigo Es su propio corazón. En la muerte, que es comienzo De otra existencia mejor. Se empeña en ver de la vida E l fin y la negación; Y en la vida, que es tan breve Que al comenzar ya pasó. De lo infinito y lo eterno Quiere hallar la posesión. Al cabo se rinde y muere Gimiendo como nació. De haber ¡ay! hombre nacido Quejoso quizás de Dios. En cambio el gusano sale Del huevo que lo encerró Para encontrarse alojado De un fruto en el corazón. Goza en él de la abundancia, Y de la luz yendo en pos, El fruto deja por hojas De abrillantado verdor, En las que el aire le halaga Con su dulce ondulación, Con su frescura el roclo, Y con sus rayos el sol. Así vive, y cuando crece, Se labra rica mansión Con un hilillo dé seda Que saca de su interior. Se duerme en ella, y por gracia Que nunca otro ser logró. Sin transitar por la muerte, Renace á vida mejor. Ya el gusanillo, trocado En mariposa veloz Que el iris con sus colores Y luces abrillantó. Libando néctares dulces. Ebrio va de flor en ñor. Sacudiendo el polvo de oro Que sus alas matizó. Busca á su amante, y cumplido El misterio del amor, Pliega sus alas, y muere Junto al ser á quien amó; Sin agonía, sin penas Que turben su corazón. De haber nacido gusano Dando mil gracias á Dios. Ahora, di, ¿quién en la tierra Goza de dicha mayor. El hombre, como tú, grande, O el gusano como yo? -Dijo, y la altura ganando Por el hilo temblador, E n el cáliz de una rosa. Enroscado, se ocultó. Y es fama que tanto pudo E n el rey aquella voz. Que, en humilde convertida Su arrogante condición, Tuvo por vanas las glorias Que hasta entonces alcanzó, Y en su bandera un gusano Puso en lugar del león. JOSÉ V E L A B D E