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¡FUEGO! IKRON las doce! (y no en el reloj vecino, porque habrái ustedes observado que en las novelas dan siempre las doce fuera de casa) Los últimos inquilinos que habían llegado en busca del confortable sueño, fueron los dueños del estanco situado en la planta baja de la casa señalada con el núm. 100 de la calle de los Leones; no habrian transcurrido quince minutos, cuando la alarmante voz de ¡fuego! vino á despertar al tranquilo vecindario, que á aquella hora discutía con Morfeo. Los transeúntes se detuvieron con la curiosidad propia del que va á presenciar un espjetáculo... Se abrieron los balcones: las fiaras se destacaron en la silueta negra y recortada de la noche, en un trajo mny parecido al que Adán hubiera usado eh caso semejante; comenzaron á tomarse medidas preventivas por las autoridades, se suspendió la circulación, se avisaron las bombas, etc. etc. El origen del fuego no se conocía, ni tampoco sabíase si era casual ó intencionado; pero cuando los bomberos llegaron y derribaron la puerta del estan (o, una bocanada de humo caliente, tras la cual se distinguía una roja llamarada, demostraron que el fuego partía de la tienda. ¿Cuál era la causa del incendio? Según de público se decía (gacetilla pura) fué la siguiente: algunos días anteriores á la catástrofe se habían observado ciertas rencillas, frecuentes altercados entre los fósforos que habitaban en el estanco. Una razón, y razón poderosa, motivaba estas frecuentes discusiones: el elevado concepto de la patria que tenían los fósforos españoles, hacíalos reííir continuas batallas con la cerilla extranjera, la que había venido á dominarles por completo, usurpándoles todos los derechos, y viéndose excluidos del censo electoral. Fueron los dominadores unos tiranos, ¡Qué más! Hasta el sufragio universal había sido suprimido; perdido el voto y la voz, no pudieron acudir al parlamentarismo, y determinaron sublevarse contra los poderes constituidos. La elevada clase de la cerilla inglesa, la privilegiada clase que disfrutaba tres reales por caja; aquella cerilla larga para subir la escalera, los irritaba. ¡Ya no hay clases! -decían los fósforos de Cascante, la cerilla raás democrática. ¡Abajo la aristocracia del fósforo! Los más asustados con estos sucesos, eran ¡os fósforos de la Concepción. ¡Ellos, tan devotos, tan á la buena de Dios, mezclarse en sublevaciones! Así que no hacían más- que encomendarse á todos los santos para que los librara de lo pecaminoso. Una tarde citáronse todos los peninsulares para una gran manifestación que había de tener lugar al grito de: ¡Viva el fósforo con honra! ¡Mueran los ingleses! La manifestación fué disuelta por la cerilla itaHana, vanguardia de los ingleses. Una Comisión, compuesta de las clases más notables, representación de todos los ramos, fué á visitar á los fósforos de cai- tón, que como más antiguos, más sabios habían de ser, paraque les aconsejaran el partido que debía tomarse en aquellas circunstancias. Cascante, Zaragüeta, Cuevas, La Flamenca, pidieron la palabra. Consumidos los turnos, los fósforos de cartón acordaron que lo procedente era sublevarse para reconquistar la independencia. Así se tomó en consideración por todos, siendo la proposición frenéticamente apla, udida. Á un espectador que protestó, le cortaron la cabeza inmediatamenle. Las doce de la noche era la hora convenida. La cerilla inglesa dormía el más tranquilo de los sueños, cuando fué asaltada por una turba numerosísima. Algunos centinelas de Palacio frotaron sus cabezas para liacer luz en el asunto. A! verse sorprendidos los amotinados, lucharon á la desesperada y cabeza con cabeza, resultando de la refriega una baja de 9.000 fósforos y un violento incendio que devoró el estanco. Hoy es aquel campo de batalla un montón de cenizas. Lcis GABALDÓN.