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BLANCO Y NEGRO 155 mente al tronco más grueso del seto y me alejé rápidamente. Apenas había andado cien pasos, cuando sentí en la espalda un golpe terrible era Peneque. Esta rez no había roto la rama, sino el cordelillo con que estaba atado. Cogiéndole por el que le había quedado al cuello, le volví para llevarle á su sitio, pero no le podía arrastrar, pues él se resistía con la tenacidad propia de su raza. Me faltaba valor para pegarle; le defendía contra mí el recuerdo de Araceli dándole golpecitos en la grupa cuando quería retozar y llevaba encima á María Rosa. ¡íro me abandones! ¡Soy tan desgraciado! ¡Tú me cuidarás! -parecían decirme los grandes ojos de Peneque; y su vejez me condolía, ü n vértigo me cegó; no fui dueño de mí; cambié de ruta, y haciendo con la lengua ese chasquido que tan bien interpretan los animales, ven dije á Peneque y eché á correr. No necesitó que yo le cogiera del ramalillo; me siguió galopando. A campo traviesa transpusimos mucho terreno, tan ligeros como cuando éramos jóvenes y dichosos, y si el cansancio me obligaba á detenerme, P w í? Mí, empujándome con su hocico, me ayudaba. Sentí que nos llamaban, y reuniendo mis fuerzas, aumenté la velocidad de aquella vertiginosa carrera; la tierra desaparecía, la sangre golpeaba mis sienes, pero el viento hacía llegar á mí las voces de nuestros perseguidores, y corríamos más y más. De pronto me sujetó una mano, y una voz ronca gritó á mi lado: ¡Ladrón! Caí aterrado, y sobre mi, jadeante, el que me perseguía. Peneque también se había parado junto á mí, de modo que sin soltarme pudo aquel hombre cogerle del ronzal. Quiso mi mala estrella que pasara cerca la pareja de los civiles, y divisándola mi verdugo, la llatnó en su ayuda, señalándome como ladrón. Aflojó entonces la mano con que me estrangulaba, y al vw su cara lo comprendí todo Era el que había comprado á Peneque en la subasta de mi pobre hacienda. Los guardias me maniataron; y como yo no me defendía, quedaron plenamente convencidos de que prendían á un ladrón contumaz, salteador de fincas para robar bestias, pues así lo afirmaba mi delator. íMe encarcelaron, y como cuerpo del delito, también al pobre Peneque. Si algo vale la súplica de un padre desgraciado, pido, por el recuerdo de María Rosa, que mande Su Señoría cuidar á Peneque. í E s t a es mi historia; no soy ladrón, puesto que no robé el burro; el burro me siguió, y huimos. SeSor Presidente, es su humilde servidor, JOSÉ PÉREZ. -No me iré de Sevilla sin saber la sentencia de este infeliz- -dije, devolviendo á Enrique la carta que acababa de leer. -Ó y e l a- -me contestó: -tú vas á ser el ejecutor, porque yo soy su juez y no puedo cumplimentarla. Entiéndete con el dueño actual del burro; cómpraselo, y además, por los daños y perjuicios- -No sigas- -le interrumpí; y bajé volando la escalera. Por cien pesetas compré el burro y la conformidad del delator, que levantó su queja. Devolví á su primitivo dueño el viejo Peneque, y no podría decir cuál de los dos demostró más alegría al verse juntos. ¡Son tan raros los verdaderos amigos! Emocionado todavía, vacié en las manos de José Pérez el contenido de mi bolsillo, y quedo muy recompensado de mi acción cuando me dicen de Sevilla que actualmente recorre los pueblos de la provincia como mercader ambulante de géneros que el viejo Peneque trasporta sobre su lomo. ALDHARA.