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154 BLANCO Y NEGRO sSalimos, y cuando yo creía mi suplicio terminado, oigo al escribano decir 3- -Un burro de seis años, útil para el trabajo. ¡Ocho duros! ¿Hay quién dé ocho duros? Miré á Peneque, que me miró tan tristemente como si comprendiera que también su felicidad había terminado. Con las orejas tiesas, manifestaba desconfiar de aquella gente. ¿Hay quien dé seis duros? ¿Quién da cinco? Tres -dijo un campesino. Cuatro -dijo otro. ¿No da nadie más? ¡Adjudicado! Peneque se resistía á marchar, pero su nuevo amo le dio un palo un estremecimiento conmovió sus ijares y partió. Es una estupidez lo que voy á decir, pero es verdad; ¡me quedé sollozando! Quise huir de aquellos sitios y trabajar, porque es preciso vivir. Me fui á Lora, donde me ajusté en un cortijo. A poco se casó el amo, y para que todos disfrutaran de la boda, nos permitió holgar dos días. Yo, que sentía más mis pesares viendo ajenas alegrías, determiné aprovechar el asueto visitando el cementerio donde estaban enterradas las prendas de mi alma. Besé la tierra que las cubría y salí de allí trastornado. Maquinalmente seguí andando hacia las huertas, y al pasar por un vallado sentí un ¡hi ¡han! ¡hi! ¡han! muy prolongado, y al mismo tiempo por entre el seto veo aparecer la cabeza de un burro ¡era Peneque, que me olfateaba y me miraba amorosamente. Cuando estuve cerca, empezó á morderme la chaqueta, y tanto tiró por venir hacia mí, que rompió la rama á que estaba sujeto, y ya libre, atravesó el vallado y pasó á la vereda en que yo estaba. ¡Pobre Peneque, cómo había envejecido! Estaba lleno de mataduras, y su piel, antes fina y lustrosa, destrozada por malos aparejos y cubierta de pelos largos. ¡Pobre Peneque! Reto 2 ando, como en otros tiempos, buscaba inútilmente en mis bolsillos un pedazo de pan. Pasamos largo rato mirándonos como dos viejos amigos, pero iba anocheciendo y era preciso separarnos. Le acaricié muchas veces diciéndole adiós y sin que ningún mal pensamiento me asaltara, lo até fuerte- -Por qué estás vestido de negro. -Porque se ha muerto mi tío. -Lo habrás llorado mucho. -llucho no, porque mamá dice que volveré á verle en el cielo. Tonto! Allí no le vas á conocer. ¿No ves tú que en el cielo no hav más que ángeles? -Pues bueno: en viendo yo un ángel con la nariz muy colorada y las orejas muy crecidas, gritaré: ¡Ese es mi tío! ¿Sabes que Enrique habla muy mal de ti! ar- -Déjale que hable cuanto quiera. Le doy permiso hasta para peg! me, cuando yo no esté presente. e