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152 BLANCO Y NEGKO pasamos la noche, y á la caída de la tarde volví á mi cabana, extenuado de cansancio y pensando en mi hijita. ÍTo se que temor se apoderó de mí viendo que no me esperaba fuera y que no había luz dentro. La puerta estaba abierta Llegue á tientas á la cama y toqué á María Rosa, que se encontraba vestida y tiritando. Peneque, acurrucado sobre sus patas, apoyaba su cabeza junto á la de la niña. Perdóneme Su Señoría, Sr. Presidente, si le molesto con la relación de mis penas. La que tuve al ver enferma á mi hija no la puedo explicar. El angelito mío adelgazó mucho en pocos días; se le pegó una calentura que la fué debilitando, y tosía, tosía hasta que la sangre se le agolpaba á la cabeza. El médico me mandaba distraerla y darle unas. medicinas muy caras. Ya no la alegraban los cariños de Peneque, y tenía caprichos de juguetes y golosinas de las que había visto en la feria de Córdoba, cuando la llevé para que la vieran otros médicos. JSTO sabía negarle nada, y pronto me quedé sin dinero. Pedí, lo gasté; necesité más, y sin vacilar lo tomé de un vecino que prestaba á real por duro cada semana, y que me hizo íirmar no sé qué pagarés. Aquello era mi ruina; pero yo hubiera entonces vendido mi alma al diablo por tener con qué satisfacer los gustos de María Eosa, y no me apuré por ello. Un día, ya era en Mayo, me pidió con una voz muy mimosa que la subiera en Peneque para dar un paseo por la sierra. La abrigué muy bien, y sin el menor esfuerzo, porque pesaba menos que una pluma, la acomodé sobre el aparejo del borriquillo, que parecía comprender el estado de su amita, según el paso tranquilo y acompasado con que la llevaba, al mismo tiempo que enderezaba sus afiladas orejas en señal de contento. María Rosa parecia muy feliz aspirando el aire embalsamado, y palmeteaba con sus manos, tan delgadas que se transparentaba el sol por ellas. -D- -Quiero pararme- -dijo al llegar á una enorme jara; ¡qué bien estoy aquí! ¿Verdad, padre? ¡Y volviendo hacia mi su cabeza, extendió los brazos y cayó en los míos muerta! La jara, sacudida violentamente por la última convulsión de la niña, se desprendió de un millar de blancas flores, que al caer cubrieron el delicado cuerpo del ángel que volaba al cielo ¡Me quedé solo! Como no había trabajado durante aquella larga enfermedad, lo debía todo Vinieron á embargarme. ¡Qué me importaban los aperos de labor, el granero, mis ropas! Pero al oir subastarla camita de mi niña, creí que se me partía el alma. Había bastantes compradores, y pronto quedó la casa completamente vacía. hj. AIto! Qué lleva usted ahi. -Un violin. -Pues tiene usted que pagar derechos. Derechos? Y por qué? -Porque se le ven las orejas. ¡Pero mujer! ¿Es posible? l e lie estado observando durante todo el sermón, y no has hecho más que mirar cariñosamente á aquel teniente de caballería. ¿Y qué? lío has oído al predicador como nos aconsejaba el amor al prójimo?