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BLANCO Y NEGRO 151 Yo, sin faltar á mi trabajo, de noche muclias veces lo labraba, y Araceli cuidaba las liortalizas que yo sembraba, y criaba pollos en nuestro terreno. Una ó dos veces por semana bajaba mi mujercita á Hornachuelos 6 á Peñaflor á vender los huevos y las verduras, y volvia tan cansada como satisfecha de su venta. ¿Sabes qué venía pensando? -me dijo un día que regresaba de una de estas expediciones. -Pues pen saba que si tuviéramos un borriquillo, podría llevar más cosas que vender, me cansaría menos y sobre todo llevaría conmigo á María Rosa en vez de dejarla todo el día sólita. Aprobé su deseo, y empezamos á formar mil proyectos ambiciosos. Juntando nuestros ahorros, reunimos más de cuarenta pesetas ¡Ocho duros! ¡Qué fortuna! Decididos á emplearlos en un borriquito, fuimos ambos de. opinión de comprarlo joven, pues viejo y testarudo no me inspiraba confianza para que mi alma y mi vida, esto es, mi mujer y mi hija, fuesen confiadas á él por aquellos campos. Llegó el jueves, día de feria de ganados en Palma, y antes de amanecer emprendimos la marcha muy ataviados y contentos. Un ratito Araceli, y yo otro más largo, llevábamos en brazos á María Eosa, que pesaba bastante, pues tenía cuatro años, y aunque ya andaba, nos daba mucha pena que sus piececitos se lastimaran con aquellos pedruscos. Asi caminamos más de dos horas, por entre jaras y gayombas, espantando los pajarillos con nuestras alegres risas, provocadas muchas veces por él placer de oír sonar en mi bolsillo las monedas de plata. Cuando llegamos había ya cinco ó seis gitanos, dueños de una treintena de borricos, entre los cuales empezamos á elegir, bastante perplejos, porque Araceli les encontraba á todos cara de mal genio. -Lo queríamos gris, pareciéndonos que los castaños son más propios para acarrear leña. A fuerza de buscar encontramos uno demasiado, joven, muy alegre y vivaracho, que no pudiendo saltar, porque estaba amarrado, pateaba sin cesar el. suelo. Tenia unos ojazos negros como la raya que bajaba desde- su cabeza á la nariz. María Rosa se acercó á acariciarle, y el borriquillo quiso retozar; ella, llamándole con los dedos como á un gato, le dijo: -Pe... ne... que. Ven aquí signiíicaba esto en su jerga infantil. No fué menester más: la niña lo había bautizado. Regateando por una y otra parte, convinimos en que daría por él ocho duros, y dos pesetas por un ronzal nuevo. Nos fuimos á comer á la posada, y después dimos á Peneque mendruguitos que le hablamos guardado y que él se comía mirándonos con unos ojos muy dulces. Cuando salimos era ya noche, pero una luna clara como el día nos dejaba ver el camino. María Rosa se había dormido; viendo Araceli que yo me fatigaba de subirla en brazos, me propuso que la acomodáramos en el burrito, sosteniéndola uno por cada lado. Así llegamos á las Mezquitillas á las diez de la noche. La instalación de nuestro huésped fué breve: lo até á la ventana del zaguán, y con esteras y vigas le hice una cho a. El animalito parecía que nos pagaba con sus caricias los cuidados que con él teníamos, y á la hora de nuestra comida pasaba por entre la enredadera de la ventana su cabeza pava que le diéramos pan, y nos daba las gracias rozándonos con su hocico tibio y suave. Se realizó el sueño dorado de Araceli. Dos veces por semana llenaba un capacho del serón con verduras, frutas y huevos, y poniendo de contrapeso en el otro áMaría Rosa, bajaba al pueblo, y yo la oía volver riendo conla niña, Tres años fuimos tan dichosos; pero un día de Agosto ñola sentí llegar, porque venía cansada y no cantaba ni reía. Se quedó en cama, llamé al médico de Peñaflor y dijo que era fiebre tifoidea; á mí me parecía aquello un tabardillo. ¡No j, nos conocía á su hija ni á mí, y á pesar del ardor que la abrasaba, murió cantando! Creí volverme loco; quise morir también pero me quedaba María Rosa. ¡Hija mía! Era tan hermosa como su madre, muy alta, y con su vestido negro parecía una mujercita. Los domingos bajábamos al camposanto, que Su Señoría habrá visto al pasar en el tren, y cubríamos de flores el nombre de Araceli, que el tiempo iba borrando poco á poco. Después, la niña montaba en Peneque y nos volvíamos tristes y silenciosos. Estábamos recogiendo la aceituna un día que amenazaba tormenta, y el amo mandó que la acarreáramos al molino hasta que no quedara ni una en él suelo. Asi