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c MODAS FUGACES i if MODAS ETERNAS ¡Modas eternas! ¿Dónde están? ¿Cuáles son? -oig- o exclamar. ¿Es eso un nuevo concurso de BLANCO Y NEGRO? Oidme y lo sabréis. Doquier hayí mujeres que sientan el arte y la belleza, habrá sacerdotisas del buen gusto, y las que lo poseen, saben que no es el corte ó si color de un traje el que las hace á nuestros ojos distinguidas, graciosas, seductoras. Adivinan que en sii vestido vemos el estuche que guarda la joya, la porcelana que rodea alias flores. ¿Qué ilusión nos hacen las telas en los escaparates, los equipos en la tienda? Son ellas, ellas las que adornkn á esos adornos, como la luz completa la misión de la lámpara. A vosotras que sabéis comprenderme me dirijo para explicar lo que 3- 0 entiendo que son modas eternas. Las perlas y diamantes que mezcláis en vuestros cabellos, las flores que en frescos búcaros perfuman vuestros ioudoirs, las ricas telas, los bronces las blancas pieles del Norte que os sirven de marco en vuestros camarines, ¿no son modas eternas? Para las mujeres distinguidas, ¿no será eterna la moda de lo que llaman las francesas Ungerie? No murió, no, con la hermosa española que ciñó la corona de Francia el refinamiento del lujo y la pasión p or lo bello. De tal modo adoraba Ana de Austria la finura de las telas, que no estimaba bueno un pañuelo que no puáiera pasar por el ojo de una aguja, y cuando el gran Cardenal se burlaba dioiéndola que en el infierno la pondrían ropas de lienzo, ella cubría de finísima batista el cáncer que la consumió. Son, pues, modas eternas las más preciadas producciones del gusto y el arte reunidos. Fugaces las que pasan con la estación que empieza, como pasaron las de los suntuosos trajes que lucisteis en el Real y en los salones el último invierno, tan distintos de los sencillos y vaporosos que lleváis ahora, para probar que la mujer (En su traje de invierno es una reina, T en su traje de estio- es una hada. La tiránica moda que os llevó los lunes á Lara y los viernes al Circo, os lleva á Biarritz ó las Arenas, San Sebastián ó el Sardinero, y ya os ocupáis en preparar desde los zapaíitos de piel amarillos, con lazos del mismo color, hasta el coquetón sombrero marinero con su cinta, del color del simple vestido de percal plegado á la breve cintura por ancha tira de cuero que finge sujetar y es ella la que queda, sujeta por pequeñas hebillas niqueladas. No cantéis victoria, padres de numerosas hijas incasables; no os felicitéis, maridos apenados por el deJmr de vestir á la moda á vuestras caras esposas, creyendo que á esos trajes matinales queda reducido el equipo de una mujer elegante. Agregadles varios vestidos de batista blanca, sembrados de capullitos, imperceptibles ramas de lila, heno ó mysotis (vergiss mein nicht, tenedlo presente, lindas pollitas) muy guarnecidos de entredoses y encajes. Grandes sombreros de paja de Manila, color marfil, con todo un jardín de flores, completan este atavío de paseo,