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NO HAN SIDO HABIDOS AN ganas de hacerse salteador de caminos, ó, por lo menos, timador. Eso de que nadie se entrometa en nuestros asuntos, seduce. Trata una persona de emprender un negocio cualquiera: todos sus parientes y amigos pénense á discutir acaloradamente el pro y el contra. La mayor parte se complace en abultar el segundo y empequeñecer el primero, y llueven sobre el desdichado negociante consejos y más consejos, casi todos contrarios á su propósito, hasta que él pobre hombre tiene que abandonar la empresa por no disgustar á los interesados. Ó bien la lleva á cabo, á pesar de todo: entonces ya sabe que sus consejeros han de gritar á voz en cuello: ¡Fulano es una calabaza! ¿Se propone usted casarse? Pues ya le tocó el premio gordo. Hasta las personas que sólo conozca usted de vista han de decir que hace usted mal. Por el contrario, ¿está usted casado y quiere divorciarse? Pues aunque le sobren motivos para ello todo el mundo sostendrá que es un desatino. ¿Que alguien desea romperse la cabeza? Acaso lo consiga, pero es muy difícil. Cuando vaya á ejecutarlo aparecerán los guardias (porque los hay, aunque no lo parezca) y darán al traste con sus proyectos de suicidio, y con su cuerpo en la prevención del distrito. Hay qiie desengañarse: los únicos felices mortales que disfrutan de libertad, de verdadera libertad, son los aficionados á lo ajeno. Ellos penetran en casa de cualquier ciudadano como y cuando les viene bien, sin tener para nada en cuenta la inviolabilidad de domicilio que establece la Constitución: se proveen de lo que necesitan, y, lo que es mucho mejor, nadie se entera del hecho hasta después de ocurrido, á excepción de la policía, que no se entera ni antes ni después. Algunos apreciables rateros son menos laboriosos. No gustan de molestarse en subir escaleras y se contentan con desvalijar al transeúnte. Pero tanto unos como otros, nunca son habidos. Ó como decía, escribiendo á su esposa, un diputado rural muy caprichoso en asuntos ortográficos, al que robaron una noche cuanto llevaba encima: i? dado parte á la policía, pero los ladrones no han sido ávidos. Pues si llegan á serlo, ¿qué le hubieran quitado? No es extraño que, con tan considerables privilegios, este género de industria se vaya echando á perder á causa de la com- j. petencia. Hoy ya es demasiado grande el número de rateros, y cada día se afilian nuevos industriales ansiosos de explotar el negocio. Verdad es que la impunidad crece en la misma proporción, y de tal manera nos vamos acostumbrando á la indulgencia de la policía, que dentro de poco tiempo no nos parecerá inverosímil este diálogo de Cervantes: ¿Es Vm. por ventura ladrón? -Sí, señor; para servir á Dios y á las buenas gentes. ANTONIO F MARTÍNEZ.