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BLANCO Y NEGRO 119 Cuando llamamos al médico, ya era tarde. Gracias á estos sucesos inesperados, estoy yo tan bien con- servada. El caballero se levantó pretextando una indisposición repentina, y fué á colocarse lejos de su interlocutora, con los ojos espantados y la boca abierta. D. a Angustias entonces trató de entablar conversación con un sargento de caballería, que apoyado en el sable observaba atentamente los trabajos preliminares que se verificaban en el centro del jardín. -Militar- -le dijo D. Angustias. ¿Sabe usted dónde está la esposa del capitán? -Mi capitán es soltero, á Dios gracias- -contestó el interpelado sin perder de vista el globo, que, hinchado por completo, pugnaba por romper las amarras. A poca distancia del montgolñer veíase la barquilla, de forma cilindrica y bastante alta para ocultar casi por completo á uiía persona puesta de pie. Esto no obstante, los espectadores más listos habían descubierto á la esposa del capitán, que dentro de la barquilla apoyaba la frente en las manos como si meditase acerca del peligro que iba á correr. -La capitana está dentro del cesto- -dijo, un espectador. D. a Angustias se agitó toda como si la hubieran picado á la vez doscientas pulgas. -Estoy esperando la emoción de ún momento á otro- -dijo sonriendo. Cerca de D. Angustias se sentaba una joven con cara de loro triste, que lanzaba suspiros hondos y miraba con ojos tiernos á un chico rubio. i j- -i- A. y, Cirilo! -le decía con acento quejumbroso. ¿Por qué me has traído aquí? ¿Quieres que me dé la convulsión? -No, vida mía- -contestaba él. -Procura contenerte. i- -Ya sabes que no puedo. Y al pablar así se mesaba los cabellos con ambas manos. En aquel instante el capitán saludaba al público, enviándole varios besos con la manita. Después se lanzó de un salto denti O de la barquilla y comenzó á agitar su sombrero alegremente. Los espectadores aplaudían entusiasmados; de pronto viósele coger en brazos á su esposa... El público abrió los ojos con espanto. El capitán aproximó á los bordes de la barquilla el cuerpo de su compañera Y lo lanzó al espacio. Un rugido de indignación se escapó de todos los pechos. ¡Asesino! -repitió el eco. D. a Angustias era la única que había sonreído al verificarse la ascensión; después sintió que la vista se le nublaba, y cayó como un aerolito en brazos del sargento. Goriío se tiraba de los pelos gritando: ¡Tiiita! ftiüta de mi codaaón!