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EL RECLAMO En todas las esquinas de Madrid habíanse fijado grandes carteles, impresos á varias tintas, en los que se leía lo siguiente: En el centro del cartel una mano hábil había pintado un hermoso montgolfler azul y amarillo, en cuya barquilla se veía al JARDÍN DEL BUEN RETIRO capitán vestido de verde y sosteniendo en sus brazos á una señora Joven y bella. GRANDE Cuando después de muchas apreturas el público consiguió tomar y nunca vistafunción aerostática las sillas por asalto, todas las miradas se dirigían al sitio desde GLOBO ELOAPmS el cual debía verificarse la ascensión, y donde se columpiaba, sosPlLüfiGIIE tenido por dos poleas, un magnífico globo, igual exactamente al que figuraba en los carteles de las esquinas. El Büblíoo íi experimentaUna banda de música lanzaba al viento sus acordes, mientras rá una el capitán Camelet iba de un lado á otro dictando órdenes, hasensación Jamás ciendo advertencias 3 preparando por sí mismo las cosas, de masentida. nera que quedase hinchado lo antes posible, y sin accidentes desagradables, el vehículo aéreo. A LAS CINCO. A DOS REALES. Los dependientes del capitán atizaban la formidable hornilla, donde ardían en cantidad aterradora sarmientos y haces de paja. El humo depositado en el interior del globo daba á éste mayores proporciones de minuto en minuto, haciéndole oscilar majestuosamente, hasta el extremo de producir temores entre la multitud, que ya se creía sepultada bajo la enorme pesadumbre de aquella montaña de percalina. -Pero ¿dónde está la esposa del capitán? -preguntó D. a Angustias á su sobrino, que era un jovenzuelo rubio como una mazorca y tímido como una corredera perseguida. -Yo no lo sé, tía- -contestó el joven. -Tal vez no se presente hasta la hora crítica- -objetó discretamente un caballero de edad provecta que se sentaba al lado de. D. a Angustias. ¡Ay! -siguió diciendo ésta. -Por nada de este mundo hubiera perdido el espectáculo de esta tarde. ¡Me muero por las emociones fuertes! -El capitán me parece algo bruto- -dijo el caballero encendiendo un pitillo. -Mejor que mejor- -replicó D. a Angustias. -Asi será más terrible la emoción que vaá proporcionarnos. Desde que leí el programa no he podido resistir al deseo de presenciar la función. ¿Verdad, Gorito? -Veda, veda- -contestó el joven chupando el puño del bastón. El caballero miraba soprendido á D. Angustias, -Yo soy un manojo de nervios, y necesito muchas emociones para poder vivir- -siguió diciendo ésta. -Mi primer marido falleció aplastado debajo de una cómoda. Usted no sabe, caballero, la emoción que aquello me produjo. Mi segundo esposo fué víctima de unos indios salvajes, que primero lo descuartizaron y después lo pusieron en sal para ir comiéndoselo poco á poco. ¡Ay! ¡Qué encanto tienen para mí los sucesos imprevistos! A mi tercer consorte lo perdí de un modo trágico: fué á darle dos patadas a u n amigo, con quien tenía mucha confianza, y se le desarticuló una cadera.