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M filas las mozuelas, riendo y requebrándolas los hombres á su alrededor, como zánganos en colmena, se dirigen por la pendiente calzada á la popular y célebre fuente del barrio. Y allí aguardan, con el reloj de plata en la mano algunos, los más con el oído atento al de la torre, la primera campanada délas doce, ansiosos, hablándose bajito, imponie ndose silencio unos á otros, para no perder el sonido que, á modo de conjuro, ha de marcar la hora de la realización del misterio; y es misterio de amor que las primeras mozas que al mediarse la noche remojen la cabeza en las aguas de la fuente, han de casar dentro del año, según tradición añeja del pueblo. Es de ver, por tanto, cuando al fin vibra el son metálico de la campana en el espacio, la bulla y el jolgorio con que las creyentes sumergen las cabezas en el amplio pilón, empujándose las unas alas otras, quitándose la vez, sin dejar de reir con las peripecias del remojo, y saliendo al cabo como perro que sale del baño, sacudiéndose las gotas de agua, que, á la luz de la hoguera inmediata, son, al desprenderse del cabello, menuda lluvia de polvo de plata, ó diamantes que brillan entre el vaporoso flequillo ó sobre el jétalo de la rosa del tocado. Aplauden entretanto los mozos; algunas de ellas- -que también las hay descreídas, espíritus fuertes del barrio- -búrlanse de las otras tontas y bromean todos, felicitándose por el éxito obtenido, ó lamentando haber llegado tarde á sumergir el rostro en las codiciadas aguas de la fuente. Después sigue la fiesta durante muchas horas. Aliméntase de vez en cuando i, ií el decaído fuego de las hogueras. En muchos corros circulan el aguardiente y los dorados buñuelos; en otros se anticipan á la fiesta del siguiente día, saboreando la madura breva, servida en amplio y vidriado barreño, mientras en todos regañan á ratos las madres, sin hallar medio de poner fin al jolgorio. Y sucede á veces que, cuando la luz del alba comienza á bañar el por entonces polvoriento cauce del río, sorprende aún en algunas de las vecinas huertas alegres grupos que la saludan con los cantares de la tierra, en tanto que en el mecedor, colgado entre dos árboles, se columpia una hermosa trinitaria que, presos los pies entre el anudado volante de la falda, ceñido el muslo y la cadera levantado el seno, en alto los brazos y la cabeza echada atrás, con lo mórbido de la garganta al descubierto, la mejilla teñida de rojo, chispeante la mirada y ondulante el cabello medio despeinado, parece la imagen del placer, que se ofrece en holocausto á aquella dulce deidad de la Aurora que rasga con su rayo de plata el obscuro velo de la noche. J I J JOSÉ M A R Í A DE S I L V A