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i; Y cuando nn chavea, orgulloso por lo transcendental del acto que desempeña, dilatado el rostro por la alegría, entre sus envidiosos compañeros, que no fueron considerados dignos de honor tan señalado, y con la mano temblorosa por la emoción, pone fuego á la pira, elévase espesa nube dn liumo, y disipada á poco, álzase la llama, que tan pronto sube recta cdmo 1 a luz del pábilo de inmenso cirio, como se dobla, arrastra y lame el suelo, mecida por el viento. Brotan las chispas de la llama, y aquella menud, a lluvia de topacios, que al caer se convierten en ceniza, parece el plumero del casco de guerra de algiín gigante. Bullen los chiquillos y danzan en de- rredor de la ca? id arfa. -Cuál de ellos se lanza sobre la llama, parece que la acosa, y á su vez acosado en realidad por ella, retrocede, no sin chamuscarse antes la espesa greña; otro intenta saltar por cima, y ú lo logra, no es sin engalanar por un momento la zurcida blusilla ó el arremangado pantaloncejo, con aquellos topacios de las chispas; escalda alguno sus pies desnudos en la ardiente ceniza, y todos arman diabólica zambra, pareciendo, á los reflejos de la hoguera, que los viste de su luz, gnomos ó diablillos que celebran fantástico sábado. El mismo reflejo, poderoso y rojizo, ilumina la calle en gran trecho; las fachadas de las casas, toscamente repelladas; el antiguo balconcillo de madera de alguna de ellas; la ventanucha del piso bajo de otra, adornada del tiesto de albahaca, jarrón de aquel altar de los amores, y el grupo de las mozas y los mozos, en donde pone notas de oro sobre el azul y el rosa de los trajes y de las flores de ellas, tomando tintas de iris en las dilatadas pupilas, y arrancando sus secretos á la no muy espesa malla de la randa del escote, ó á la transparente muselina de algún corpino. Más allá ha otra de aquellas candelas, y otra y otras cien en todo el barrio y frente á todas, análogo grupo é iguales bromas y parecidos cantos. Delante del mostrador, de luciente azófar, de la taberna agrúpanse á la vez los bebedores, y remojan el tragadero con el vino de Málaga, color de oro, que por el fuego que lleva en sus gotas parece vendimiado en una de aquellas llamas que los iluminan. Desde el anochecer pasan así las horas, y sólo cuando se acerca la de media noche, nótase extraño movimiento en los grupos. Calla la guitarra, enmudece la cantaora, todos se levantan, y paso á pasito, cogidas de bracero en largas