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LAS CANDELAS D E SAN J U A N Costumbres populares de Málaga. j A SALVADOR RUEDA Allí, delante de la puerta del corralón, está el corro. Las mozuelas en primer término, engalanadas de fiesta; con el vistoso pañuelo do seda rameado, ceñido al talle, ó la chaquetilla de percal, corta de mangas y prieta en el seno, dejando asomar por entre la randa la piel tersa y fina, blanca como la arrasada hoja de la magnolia, ó morena como la espiga, en las curvas suaves de la garganta y las morbideces del brazo; con la falda almidonada y crujiente, bajo de la que asoman pies de niña, calzados del rojo zapatito do tomate, por cima de cuyo lazo de seda se desbordan las primeras lineas de una pierna hecha á torno, veladas por la franja roja 6 celeste de la media; con aquellas caras, conjunto de la más renombradas salinas del reino y de la flora andaluza, donde se mezclan el clavel de la mejilla con el tentador hoyuelo de la barba, y la luz de los ojos, que es luz de la aurora de un dia de fiesta en la gloria, con aquellos dientes menuditos y apretados, que, entre el gracioso cerco del coralino labio, cuando ríen simulan microscópica nevada oaida dentro del cáliz de una rosa; y, coronando tanta belleza, con las ondas de su cabello, azuladas de puro negras, ó rubias como el heno, poniendo envidia en el cuervo y en el oro y matizadas de flores, cuyos aromas apenas logran competir con el de incienso que de sus cuerpos emana y se esparce en las ondas del aire, subiendo, como ofrenda de la carne, hasta Dios, que puso en ellos fibras del tomillo y de la hierbabuena, con el dorado polvillo del melocotón, que los cubre, y el acre y embriagador perfume de la roja fresa. i i Forman las madres d etrás una mancha obscura, agrupadas y cuchicheando entre ellas, contán- dose chismes de vecindad ó sus trabajos y sus penas, en tanto que entre las muchachas brota el chiste, sazonado con el malicioso guiño, la contenida sonrisa y la carcajada, que vibra como las cuerdas del arpa, ó el dulce silabeo, rumor de arroyo que sale de los labios de alguna, para sepultarse en el mar de los deseos que hierve en el cerebro del amante, apoyado en el espaldar de la silla í de su novia, con gesto do Tántalo. J y rondan otros mozos alrededor del corro, bromeando y riendo, y alguna de las muchachas se pica á veces jDor la atrevida frase deslizada en su oído, y crece la algazara entonces, y á intervalos se escucha el cadencioso ritmo de la guitarra y la sentida copla de la malagueña, cuyas últimas notas se pierden entre el chaparrón de requiebros á la cantaora, cuyas mejillas se tiñen con el color de la flor del granado, al par que el seno se le alza y se le deprime con fuerza, amenazando hacer estallar el corpino con las oleadas del inocente orgullo que lo hincha. Enfrente, en medio de la calle, está lo característico de la noche y de la fiesta: la candelada. Allí fueron á parar, en informe grupo, la desquiciada silla de aneas; el apelillado marco de caoba, con la no menos apelillada estampa en que se copian á lo vivo los amores de Francisco I ó las picarescas aventuras de Gil Blas de Santillana; la roñosa y deshilachada estera; el gastado ladrillo de madera del lavadero, con otros cien cachivaches inválidos por el uso, á los que á veces domina, asentado sobre el montón con la gravedad propia de un Ídolo chino, jiaiizudo barril de fiveriadas duelas, embreado por dentro.