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VOCACIÓN EXTRAÑA La juventud despunta siempre por algo. Desde la más tierna infancia del individuo las aficiones van abrién- dose paso entre pañales, sonajeros y biberones. La naturaleza, tan sabia de suyo, necesita que todos los ramos de las humanas industrias se hallen bien dotados. Llegada la época del destete, cualquiera puede augurar respecto á las tendencias de la cría recién lactada. Cuando despunta la aurora de la pubertad, la duda ya no es posible; se disipa ante los rayos de la evidencia. El que nace para militar bizarro ó no bizarro, suele dejar manca al ama seca, tuerta á la niñera, y huérfana de mobiliario su casa- habitación. El infante parlamentario acostumbra á subirse á las mesas y pronunciar discursos, que terminan siempre, no con aplausos de la mayoría y gruñidos de las minorías, sino con algún chichón producido por la caída del joven orador al hemiciclo. Al que le tira el bell canto, ¡oh! ése no se cansa de atronar á los vecinos cantando aquello de arroyo claro, arroyo claro, ó la no menos interesante balada Papá, si me deja usted un ratito á la alameda, haciendo también la desesperación de su familia, excepción hecha de sus abuelos (si es que los tiene) ¿Y dónde me dejan ustedes el niño taurómaco? En su afán de poner banderillas, se las pone hasta á su mismo padre, pasa de muleta á su tía carnal, y se arranca á volapié contra los espejos, haciéndolos polvo ¡con una serenidad! Pero de todas las vocaciones, ninguna, á mi juicio, como la funeraria. Ésta constituye á mis ojos el disloque de las vocaciones, el non plus ultra de las tendencias del espíritu y de la materia. Recuerdo haber conocido, allá en mis mocedades, un niuchacho que tenía decidida afición al respetable gremio de enterradores de la high- Kfe. Canuto se llamaba, según creo. Alto, seco, aceitunado, su voz parecía salir de una vejiga. Era un caso muy curioso de ths funeral. Siempre que iba á visitarle me lo encontraba haciendo catafalcos de cartón, recortando calaveras ó enterrando moscas en un tiesto qiie tenía necropolizado. Al cabo de algún tiempo consiguió, gracias á un tío suyo farmacéutico, entrar á formar parte de una empresa funeraria. Y era de ver el entusiasmo con que acudía á su obligación, su regocijo cuando tenía que poner el último terno, y su enajenamiento cuando presenciaba algún aáo 6o. Aquello era el delirio, sobre todo si se le encargaba de dar el colorete. Sin embargo, como los que andan entre las pompas fúnebres tampoco están á prueba de bomba, el bueno de Canuto se sintió un día flechado por la hija de un sepulturero, casándose al fin con ella después de unos cuantos meses de fúnebres relaciones. Por cierto que la boda fué de lo más fin de siglo que darse puede. Las provisiones llegaron al Puente de Vallecas en un carro de tercera, y la comitiva formáronla casi todos sus colegas de Madrid y algunos de Alcobendas y ííavalcarnero, venidos ex profeso.