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100 BLAKCO Y NEGRO de builuelos y cascajo; los que sienten una emoción temblorosa ante la poesía y el arte; los que conocieron á Trueba cantando al Santo de su nombre; los que se saben de memoria á Bretón de los Herreros, y en el camino que conduce á la pradera de San Isidro pueden señalar la casa del genio más ilustre de la pintura hispana en el siglo xviii, autor de los cartones por que adquirió fama universal la Fábrica de Tapices de Santa Bárbara un día, de la Virgen de Atocba hoy, esos acuden en la víspera del Santo protector de los amores á la capilla que la deyoción le levantó á orillas del Manzanarillo, según el poeta, á consagrar una oración á San Antonio y un cariñoso recuerdo á Goya. El 12 de Junio la capillita queda limpia como una patena, fresca como una lechuga, perfumada como una novia; se llena de velas rizadas que chisporrotean de alegría, y los escalones del altar se pueblan de macetas Je albaha? a; sale á relucir el palio de tisú bordado; la cruz del retablo destella rayos de sol, y las oleadas de incienso que el monaguillo difunde en espirales azules por el espacio, despue s de santificarse por el roce con la custodia, sube á formar un símbolo de gloria y un trono de nubes á los arcángeles y querubines que en la cúpula, en los intradós y medios puntos de la ermita, pintó con cutis de camelia y esplendorosa escala de tonos el insigne artista aragone s, y á las majas con mantilla terciada, chisperos y pilletes criados en las orillas del Manzanares, que rodean en medio de una atmósfera de oro y un sol asiático al varón ejemplar de Padua. Pero el tiempo y el abandono son enemigos terribles de lo que, por serlo, siempre fresco debió conservarse, y el numeroso gentío compuesto de hermosas mujeres que visten el campanudo y guarnecido guardapiés, la nacarada media y la mantilla de tira, y de traperos, chisperos y corredores de la cuatropea que lucen la coleta y la redecilla, el calzón y el chupetín, el capote de mangas y el sombrero apuntado, gentío que figura en la bóveda de la cúpula, se encuentra en estado tan doloroso, que bien merece, por parte de los amantes de nuestras glorias y herencias artísticas, un poco de atención, no dejando que el descuido borre, como está á punto de suceder, cuanto para honra de todos dejó estampado en los muros de San Antonio de la Florida quien en 31 de Octubre de 1799, y en justa recompensa al decorado de esta misma iglesia, era nombrado por el rey Carlos I V primer pintor de cámara con 50.000 reales de sueldo anual y 500 ducados para coche. Toáoslos años, por este tiempo, sale á colación el ya famoso asunto de la traslación do los restos de Goya desde la tumba de los Goicoechea á España, y el traslado no se realiza. El Conde de la Vinaza y Mariano de Cavia piden para aquellos restos un sitio en la basílica del Pilar de Zaragoza, embellecida con sus frescos; pero Madrid no puede ceder semejante derecho, por ser Goya el pintor más madrileño de todos y por tener aquí su San Antonio de la Florida. Goya se reunirá en sueño eterno con aquel coloso de la ciencia, la política y la fe que se llamó Marqués de Valdegamas, y el tierno Mele ndez Valde s, en el suntuoso panteón que el arte les ha levantado en el recinto de los muertos, visitado por los vapores del Manzanares, que entre sus tímidas aguas lleva rumores de elogios y perfumes de albahacas y verbenas. Cuando Madrid celebra la de San Juan, todavía están calientes los tostados peroles de aceite, donde, en la noche de la víspera de San Antonio, la blanca masa de harina se transformó en dorados buñuelos; todavía humean los cabos de vela encerrados en venecianos faroles; las mismas azucenas que embalsamaron las verdes riberas del río madrileño la noche. del 12 de Junio, aromatizan á la del 23, en volviéndola en un cendal invisible, parecido al que forman en Murcia los olores de los naranjos y limoneros, en Valencia los claveles y rosas, y en las praderas todas el tomillo, las amapolas y las margaritas. La galante corte de la sacra y real Majestad del Rey D. Felipe I V la esperaba, como puede esperarse lo dulce, lo hermoso, lo grande, lo alegre. Ir á coger la verbena significaba una noche completa de galanteos y amoríos, donde probar el ingenio de los que en clase de tal se contaban y el temple de las damas aristocráticas y de las virtudes más famosas; el Prado Nuevo era lá ilusión de las muchachas que sin títulos para entrar en los festines de los mag-