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BLANCO Y NEGRO 93 El comedor de la casa de huéspedes era muy reducido. Una ventana pequeña con vistas á un patio de muñecas. Contiguo á la cocina, y éntrela puerta de ésta y la ventana, otra puerta que daba al jardín. Este menester de la casa, oficiando de barómetro, se permitía exagerar sus emanaciones en días determinados, pero siempre revelando sü ala no hablaba cuando comía, y en la casa le UaI va. cazurro. Arrieta, por el contrario, era muy micativo. Molestaban mucho á D. Adelardo las manifesI J J g, jt. T -v 4 ft aciones olorosas del cercano recinto, y un día en que no se podía parar en la casa, se le ocurrió á la pupilera quemar azúcar á la hora de la comida de los huéspedes. Durante la comida, la pupilera miraba de hito en hito á Arrieta, como para decirle algo ue pudiera traducirse por esto ó cosa semelante: ¡Qué bien huele aquí hoy! Vamos, que ahora ni siquiera se nota... Arrieta se sonreía y no hacía caso; pero fué tal y tan insistente la pantomima de la patrona, que Ayala, que se había enterado de todo, se levantó antes de acabar de comer, y dando un puñetazo sobre la mesa, sacudiendo aquella melena de león, exclamó con su portentosa voz: ¡Lo prefiero sin azúcar I Esto no impide, mi querido Doctor Thebussem, que á mí, que me gustan mucho las ñores, las quiero ver en la mesa, pero las flores que no huelen, y mejor que las flores, las hojas, el follaje, algo que remede la naturaleza viva. No puedo añadir una sola palabra más, y cierro aquí, reiterándole mi admiración y despidiéndome de usted devotísimo amigo, Q. L. B. L. M, EPIGRAMA Para probarme que vive Sóio por mi amor Lucía, En las cartas que me envía Hamor con h me escribe. Y cuando intento oportuno Hacer que enmiende su error. Me responde que su hamor lío se parece á ninguno. MAHÜEIÍ DEL PALACIO