Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
c. DOCTOR, TIENE USTED RAZÓN Alinsigne Doctor Thebussem, en su Huerta de Cigarra: MEDINA SIDO NÍA. Mi respetado maestro: Tan sólo á usted se le puede ocurrir, al escribir su brillante articulo titulado: ¿Son flores, ó no son flores f en el segundo número de BLANCO Y NEGEO, darle forma de carta á mí dirigida. ¡A mí, que una distinción como esa ha de trastornarme el juicio, por ser usted quien es y por ser yo apenas quien soy! Yo no puedo seguir á usted por los derroteros de su bien trazada ruta. Me faltarían las fuerzas para llegar al término del viaje. Doctor, tiene usted razón, 3 razón que le sobra. Razón de buen abolengo, pues de Cervantes arranca, y se apoya en testimonios que tienen por corriente, además del sentido común, el del olfato. Las flores en la mesa adornan mucho. Recrean la vista, y hasta cubren faltas y deficiencias. Guando las flores exhalan sus aromas respectivos, que se combinan para formar uno indeterminado y éste se mezcla con el de los manjares que por riguroso turno van estacionando en la mesa, resulta hedor, ni más ni menos. Sucede lo que con ciertas damas, muy dadas á esencias fuertes, que atolondran cuando uno se halla á su lado, aunque sea por breve tiempo. No comprenden que si el olor que su cuerpo exhala no es bueno, al combinarse con el del opoponáx, con el del heliotropo blanco, con el del heno y con otros mil, los que huelen todo aquello tienen que recordar un famoso cuento que le pido á usted permiso para narrarle: Vivían juntos, como siempre vivieron allá en sus mocedades, Adelardo López de Ayala y Emilio Arrieta. Éste colocando corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas en el pentagrama, y aquél enriqueciendo el habla castellana y dotando á la literatura patria con asombrosa esplendidez. Pero por aquel entonces, ni El Grumete ni Marina existían, ni en el sitial de la Presidencia de la Cámara popular se sentaba aún el insigne varón que, poco después de su Consuelo, había de sumirnos á todos en el más triste desconsuelo, escapándose su alma á otro mundo mejor. Arrieta y Ayala, los dos insignes varones, de Navarra y Extremadura respectivamente, vivían en el comienzo de su gloriosa vida como viven los estudiantes. Modestísima casa de pupilos, patrona locuaz, hija enamoradiza, criada respondona y limpieza discutible en camas y otros enseres. Sota, caballo y rey eran la trilogía constante de la comida diaria, y Ayala y Arrieta hacían honor á la pitanza con los dientes y el estómago de esa época de la vida en que el paladar no tiene voz ni voto, y en la que no hay pan duro con hambre buena.