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90 BLANCO Y NEGRO encuentra usted sola ala Tiudita... es muy simpática, muy ¡Lástima que no sepa escoger su ente! A u n baile vine, y no conocí á nadie; ¡había un comfort! Una cena espléndida, mucho lujo, eso sí pero ni un frac encarnado Adiós, General; le vuelvo su libertad, ¿eb? Volvió e ste á subir la ancha escalera, y llegj al gabinete diciendo á Pepita: -La compadezco á usted. Acabo de dejar en su coche á la Marquesa; ¡que preguntar! ¡qué frivolidad! -Pues no es su conversación lo que más me molesta; es su impertinente y su impertinencia. No me explico, amiga Pepa, por qué se impone usted el sacrificio de recibir tan bondadosamente á esta Marquesa, y á otras tan inaguantables como ella. Eeduzca usted sus recepciones á los íntimos y nada más. ¿Cómo hacerlo? No puedo recibir á unos y cerrar mi puerta á otros. ¿Quiere usted, al menos, librarse de los parásitos? Suprima usted el soberbio lunch que nos ofrece con el modesto nombre de té, y nos verá usted reducidos á la más mínima expresión. ¡Qué malévolo! Pero... ¡chist! Llegó el momento de todo el mundo. Vea usted cómo entran; voy á recibirlos. Y con su mejor sonrisa, va Pepita repartiendo apretones de manos, dulces palabras, cariñosas preguntas y discretas respuestas. Presenta unos á otros, los coloca en las mesas de juego, cuida de que todos estén complacidos, y en el salón de baile, de que se formen de tal modo las parejas, que puedan serlo siempre. Es de las últimas que llegan una señora de cabello químicamente dorado, cubierta de espléndidas joyas, exhalando perfumes y seguida de su hija, niña de treinta abriles, vestida de hehé, tan tímida, que no levanta del suelo sus ojos, quizá porque padecen un terrible estrabismo. Pasados unos momentos, observa la mamá que ya se ha distraído la atención que despertó su llegada, y dando prolongados suspiros, cae desplomada en un sofá. La rodean presurosos los más cercanos, y Pepita, tomando de la chimenea un abanico de plumas, agita el aire. La dama sentimental, abriendo débilmente los ojos, contesta con voz tenue á la cariñosa pregunta de Pepita: -Ya va pasando; pero he sufrido mucho. Esas flores Soy tan nerviosa, que me asfixio en esta atmósfera saturada por esas flores del panneau. -Cálmese usted, Condesa. ¡Cuánto siento este accidente! j -Y tocando un timbre, dio Pepita orden al criado que se presentó, de llevarse la corbeüle que coronaba el Í Í del centro. ¿Se siente usted mejor, amiga mía? ¿Se tranquilizan esos nervios? ¡Ah! sí, muchas gracias. Me desvanecí Eran las flores. -Lo celebro; pero permítame usted que me admire, porque son de trapo Todo el mundo lo soltó á reir, y por no hacerlo, pasó Pepita al salón inmediato, donde e oían fuertes murmullos. Un pollo intrépido había querido sentarse cerca de su amor, y llevando en alto una silla, había dado con ella á la araña de cristal, que se hizo mil pedazos. Por huir, las personas que estaban debajo tiraron una mesita llena de bibelots. Este ruidoso incidente cortó algunos diálogos de aquella amable sociedad, que no perdo-