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38 BLANCO Y NEGRO ¡Qué disparate! Escribo al juez mandándole el suelto de un libro que le interesa, y á mi familia, pidiéndole quince duros para un terno. -Y traes una pistola en el bolsillo desde fuera se ve el bulto. ¡Si es la llave de casa, hombre de Dios! En fin, toma el papel, que yo me layo las manos. Es muy loable y muy limpia costumbre. í- -Y ahora, júrame v gí, te juro que otra vez me entraré á escribir en un café, antes que escuchar tus maniáticos temores. Desde que hay personas que se matan por gusto según propia declaración de una de ellas, y no muy remota, es punto menos que imposible privarles de la satisfacción que se tratan de proporcionar. Pero yo les diria siquiera: -Vais á mataros perfectamente lío discuto el derecho qué invocáis para hacerlo, ni trato de disuadiros. Pero ¿no os parece que es ya una vulgaridad eso de agujerearos la piel, saltaros la tapa de los sesos ó haceros una tortilla sobre el empedrado? Hay muchos géneros de muerte más gloriosos. ¿Queréis morir abrasados? Pues aguardad á que surja un incendio; penetrad en las habitaciones que las llamas lamen, salvad la vida á alguna criatura, y, cuando la hayáis dejado en salvo, volved al incendio simulando que buscáis nuevos seres, y morid allí. ¿Queréis ahogaros? Pues lanzaos al rio cuando veáis á un semejante próximo á perecer en él, conducidle hasta la orilla, y cuando tengáis la evidencia de que se ha salvado, sumergios en el fondo y moriréis glorificados. Ya sé lo que vais á objetar que no siempre se encuentran personas que están ahogándose en el río ó abrasándose en el fuego Pue sbién, yo os proporcionaré nuevos procedimientos para quitaros de en medio. Todos los años veis numerosas familias desoladas y llorosas por haberle correspondido á un muchacho el servicio de las armas y tener que prestarlo en Cuba, donde las enfermedades, cuando no los enemigos, acechan á los peninsulares para postrarles. Devolved á esa familia el hijo por quien llora, reemplazadle en el servicio, y, ya que morir es vuestro deseo, morid al menos como honrados á la sombra veneranda de nuestra gloriosa bandera. ¿Queréis otro medio? Entrad en los hospitales; solicitadla investidura de enfermeros; buscad con frecuencia las salas en que sufren los acometidos por enfermedades contagiosas, y sed los confidentes y amigos del moribundo. Este procedimiento no ofrece ninguna lentitud ¡Mueren tantas Hermanas de la Caridad, que no están desesperadas! Otros muchos sistemas podría indicaros; pero no os quiero privar del placer de la iniciativa, ni cansaros más. Cuando vayáis á mataros, abrazad á vuestros hijos, si sois padres, y pedid inspiración á Dios; y si sois huérfanos, acudid al cementerio, arrodillaos junto al sepulcro de vuestra madre, orad, si aun conserváis alguna creencia, ó meditad en caso contrario, y cuando, con la vista nublado por el llanto y el corazón estallando de dolor, salgáis del fúnebre recinto, aceptad el medio que juzguéis preferible para entrar de nuevo, no allí donde la cruz protege el sueño de los que fueron, sino donde el eterno olvido sigue fatalmente á la momentánea desesperación. 7 í-