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LOS SUICIDAS. Los guardias corren, los transeúntes se agolpan en un estrecho circulo, repiten se de boca en boca los más extraños comentarios, y al poco rato es llevado al Juzgado de guardia un joTen pálido, harapiento y desesperado. ¿Qué ha ocurrido? La diaria escena: que aquel joven ha intentado escalar la débil valla del Viaducto de la calle de Segovia, para buscar Z. en el empedrado de ésta la muerte por que suspira. ¿Qué pasa ahora entre dos guardias y un joven en la Castellana? ¿Es una reyerta? Ho, señores; es que no de los guardias ha arrebatado á aquel infeliz una pistola que dirigía sobre su frente. Otras veces los fyuardias del Viaducto no llegan á tiempo, y el Juzgado de guardia necesita levantar un cadáver; otra, son inútiles los esfuerzos de la ciencia para evitar la muerte de la muchacha desesperada que ha recurrido al veneno por unos amores imposibles; la carencia de recursos, las falsas ideas del honor, el acaloramiento, hasta la embriaguez, son factores que diariamente influyen para aumentar guarismos y guarismos á la estadística del suicidio. Esto es ya una epidemia, una verdadera liquidación en que se derrochan las existencias. ¿Cuáles serán los suicidios de hoy? -nos preguntamos por las noches al comprar La Correspondencia. -Y apenas comenzada su lectura, tropezamos con la contestación. Jóvenes de diez y ocho años que se quitan la vida por estar ya cansados de ella. Ancianos de ochenta años que hacen lo propio por la impaciencia de lograr el anhelado descanso. La versión explicatoria de muchos suicidios se conserva estereotipada en las imprentas de los periódicos. Según ella, D. N estaba examinando una pistola, y disparándose ésta le dejó muerto en el acto. Otras veces los suicidas, buscando notoriedad, acuden á los procedimientos más extraños, y uno se abre el pecho con una aguja de colchonero, otro se cuelga de un lazo corredzio puesto en el remate de un poste telegráfico, y alguno se fuma seguidamente media docena de cigarros de la Compañía Arrendataria. El afán suicida de los madrileños ha llegado á sus últimos limites, y son ya muchos los filántropos que en cuanto ven á un individuo abrir una navaja, se arrojan sobre él y piden auxilio, sin tener en cuenta que el poseedor de aquel arma tiene á su lado un magnifico melón, cuya cala y cata pretende hacer. Ya no se venden. polvos insecticidas sin na información de vecinos honrados, ni hay ciudadano que se acerque á un tranvía sin que el conductor, receloso, dé vuelta al torno, por si aquel pretende lanzarse sobre la vía. -Dame dos pliegos de papel y dos sobres- -me dice hoy entrando en casa un antiguo amigo; -tengo que escribir á mi familia y á un juez, -Juan, tú tratas de matarte, y yo no puedo, no quiero ser cómplice de tu locura.