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BLANCO y NEGRO 85 infernal, cubren su hercúlea musculatura, que trae á la memoria la de los gladiadores romanos y boxeadores neoyorkinos, y nos hace pensar en tina raza desconocida, fuerte, atlética, como la raquítica generación actual no puede comprender. Pero las torres más altas son las que más pronto se derrumban, y las riquezas y oropeles del picador son las que primero se confunden con el polvo del suelo y las primeras que se empañan al confundirse con la arena teatro de tantas hazañas. Y ¡terrible condición la humanal los mismos que le contemplan y admiran viéndole brioso y pujante, le silban al verle caído. La tarde avanza, la corrida prosigue, y los destellos que el sol arranca á los caireles de los toreros son cada vez más rojizos. En medio de un griterío incesante la maña va destruyendo fierezas selváticas, del mismo modo qute la fuerza es dominada por la belleza. Muchas artes, aprendidas á cornadas, colocan á la fiera en la humildad relativa que es necesaria para que el matador pueda habérselas cen el monstruo que parece tener alas en los pies. Ni D. Rodrigo Calderón al pie del cadalso, ni Hernán- Cortés ante los trascaltecas, ni Francisco I en la plaza de la Villa, ni Napoleón íen Austerliz, se han presentado más arrogantes que el diestro se pone delante del toro. Adivina sus intenciones, burla sus intentos, le engaña, le humilla, le inutiliza, y con soberano y olímpico desdén le atraviesa de una estocada. El pueblo grita, alborota, aplaude, ruge, llama, se desencadena como tempestad de verano el éxito del coloso, del artista, del fuerte, del invencible, traducido en lluvias de sombreros, bastones, cigarros y botas de vino, La fiebre del delirio mueve las manos de toda una población con un mismo objeto é idéntico entusiasmo. Un matador ha sido el punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el mundo. La brisa vespertina lleva en sus ondas los ecos de los aplausos, y en el Hospital Provincial aquella noche se reza por los héroes de la Caridad. r- i!