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VIDA MODERNA Madrid se conmueve, Madrid se alarma, Madrid delira y una sola idea, un solo suceso, un único acontecimiento le altera, le domina, le exalta: la corrida de Beneficencia. En los alegres cartelones qtie la anuncian se posan todos los ojos; en sus incitantes promesas se fijan todas las atenciones, y en los nombres allí escritos con tinta del color de la púrpura y el arrebato y la sangre, se fundan todas las esperanzas. La gente madrileña no cesa de contemplar el cielo azul, como los ojos de aquella niña á quien Trueba aconsejaba no perdiese las esperanzas; cada nube que le empaña, como puede empañar á un espejo el beso que recibe de una coqueta, produce un vuelco en el corazón de todo buen aficionado á la. fiesta taurina; cada rayo de sol que le abrillanta, se traduce en un polvoreo de alegría que cae en la población. Cesan los afanes; se consiguió el billete; aumentan las discusiones; llega el momento de la corrida, y el camino que conduce al circo se transforma en una avasalladora cfiscada de luces y flores y sedas y encajes y cascabeles, y repiqueteo de alegría semejante -al repiqueteo de castañuelas. Y La plaza se engalana con sus telas más vistosas como reina de gitanas en día de boda; las banderillas fulguran como velas rizadas; los toros se contemplan orgullosos con sus moñas de hilillos de plata y cintas de raso que confeccionaron los delicados dedos de damas aristocráticas, y pregonan con sus bramidos lo impacientes que se hallan por lucirlas en el redondel; la gente de los tendidos simula con su incesante bullir y abaniqueo nervioso una catarata de brillantes; las mantillas de madroños parecen racimos de uvas y flecos de guindas, y las blancas, hirviente espuma de cerveza; el ambiente, de azul purísimo como el manto de la Virgen